Olivar, vol. 25, núm. 39, e155, mayo-octubre 2026. ISSN 1852-4478
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
IdIHCS (UNLP-CONICET). Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

Documentos

“Hombres”. Un cuento de Jesús Fernández Santos en sus tres versiones (1953, 1958 y 1978)

Santiago López-Ríos
Universidad Complutense de Madrid, España
Cita recomendada: López-Ríos, S. (2026). “Hombres”. Un cuento de Jesús Fernández Santos en sus tres versiones (1953, 1958 y 1978). Olivar, 25(39), e155. https://doi.org/10.24215/18524478e155

Resumen: En esta contribución para la sección “Documentos” se reproducen las tres versiones del relato “Hombres” de Jesús Fernández Santos (1953, 1958 y 1978). La edición y la introducción están a cargo de Santiago López-Ríos.

Palabras clave: Jesús Fernández Santos, Hombres, Cuentos.

“Hombres”. A short story by Jesús Fernández Santos in its three versions (1953, 1958 y 1978)

Abstract: This contribution to the “Documentos” section presents the three versions of the short story Hombres by Jesús Fernández Santos (1953, 1958, and 1978). The edition and introduction are by Santiago López-Ríos.

Keywords: Jesús Fernández Santos, Hombres, Short Stories.

Introducción

A punto de entrar en el año en que se celebrará el centenario del nacimiento de Jesús Fernández Santos (1926-1988), se hace oportuno rendirle homenaje volviendo a publicar en abierto –gracias a la amable autorización de María Castaldi, su viuda– una de sus mejores obras, “Hombres”. Esta verdadera joya del relato breve apareció por primera vez en Revista Española (1953), luego su autor la incorporó, reduciendo su extensión e introduciendo notables cambios, a su famosa antología Cabeza rapada (1958) y, de nuevo, la reprodujo con otras modificaciones en su colección Cuentos completos (1978).

Como explico en otro trabajo en el que analizo las diferentes versiones (López-Ríos, 2024), tres parámetros muy propios de la España franquista de los años cincuenta deben traerse a consideración al aproximarse a la génesis del cuento: la exaltación de la virilidad, el odio al homosexual y la censura previa. Pero precisar qué ocurre en esta historia no es fácil por dos razones que se entrelazan. En primer lugar, por los cambios aludidos que sufre la trama en las sucesivas reelaboraciones. En segundo, porque, debajo de una engañosa sencillez, en este texto se esconde una gran complejidad derivada del mayor peso del significado implícito sobre el explícito y de una buscada imprecisión que lo invade todo. Cuesta incluso hablar sobre algo nuclear en la historia, el homoerotismo masculino, sin tener que matizar constantemente. En realidad, a mi modo de ver, el verdadero interés de este cuento no se halla en el retrato literario de una identidad homosexual masculina obvia, bien definida y personificada en Miguel, sino en el diseño de la percepción –o imaginación– de esta. De las tres versiones, a mi juicio, la más conseguida es la segunda, publicada en 1958. En una España de tabúes, en la que existía la censura previa y en la que la ley de vagos y maleantes (reformada por Franco en 1956) consideraba al homosexual como un peligroso social por el mero hecho de serlo, Jesús Fernández Santos ofrece un relato de elocuentes silencios en el que lo que se calla o se dice a medias resulta mucho más interesante que lo expresado de manera abierta.

De todas formas, ciertamente, merece la pena leer todas las versiones de “Hombres”, pues permitirá acercarse a la evolución del arte narrativo de uno de los escritores más injustamente olvidados de la generación del medio siglo. No se trata solo de virtuosismo literario, sino también de audacia al abordar determinados temas.

En la edición, se han respetado la puntuación y acentuación de los originales y peculiaridades tipográficas, como la división del texto con asteriscos, pero se han corregido pequeñas erratas. Quedo en deuda con María Castaldi por toda la ayuda prestada, así como por su generosidad al permitir la publicación de estos textos.


“Hombres”, por Jesús Fernández Santos



Primera versión (1953)

[Fernández Santos, J. (1953). “Hombres”. Revista Española. Publicación Bimestral de Creación y Crítica, 1.3, 263-269]

En agosto llegaron los portugueses. Vinieron con la carretera, bordeando la sierra y, a veces, entrando en ella a través de las gargantas. Todos llevaban sombreros de paja de anchas alas, para que el sol no les quemara la cara, y sudaban todo cuanto puede un hombre sudar en el día más caluroso del verano.

Miguel era de Montealegre, un lugar que cae cerca de la Raya, y trabajaba labrando piedra para el peralte de las curvas. Él me enseñó a hacer sortijas con un martillo y un clavo de herradura, como los presos. Se pasaba el día diciendo:

—Estoy deseando terminar esta maldita carretera. Me voy a volver de una vez a mi tierra. No quiero nada con esta gente.

Nosotros le veíamos golpear con el martillo desgastado las losas de granito, y desde el muro del río, sentados, le preguntábamos:

—¿Dónde cae tu tierra, Miguel?

—Al otro lado —y señalaba al Sur con la cabeza.

—¿Qué hay al otro lado?

Se alzaba sobre la frente las gafas de alambre con que protegía sus ojos, exclamando:

—Portugal es la tierra mejor del mundo, chicos.

Echaban capas de grava y cemento, y grava otra vez; parecía que no iban a acabar nunca, avanzando tan lentos, metro a metro, quedando en el mismo sitio muchos días. Dormían en las eras, los rostros ennegrecidos, mirando al cielo, entornando a medias los ojos bajo la hilera gris de las pestañas quemadas, o en los pajares, entre emanaciones de hierba aún sin fermentar, o donde les cogía la noche, y podían tumbarse y recordar a la mujer y los chicos, muchos kilómetros atrás, esperando el fin de los trabajos. Al legar a los pueblos, el capataz se adelantaba para hablar con el alcalde, o con el secretario, o con el presidente si el sitio era pequeño, para ver de arreglar el alojamiento y la comida, si la había, porque cruzaron pueblos más pobres aún que los canteros y peones, infinitamente más pobres que los capataces y los listeros, pueblos miserables que quedaron atrás, colgados en la cima de los montes, en algún amarillo ribazo, sin alcalde, ni presidente, sólo con un rebaño de niños grises, delgados, que miraban silenciosos el lento taladrar de los barrenistas.

Como habían previsto los ingenieros, se llegó al puerto en los primeros días de noviembre. Ya poco antes cayeron dos fuertes aguaceros y una nevada que no llegó a cuajar. Un gallego, que trabajaba la madera como nadie, murió de pulmonía, pero los restantes llegaron con la carretera hasta el límite mismo de la provincia. Hubo una fiesta y subió el gobernador, y un representante del rey vino a cortar la cinta con los colores nacionales. Dos días más tarde, en tres camiones bajaron los obreros hasta el ferrocarril, y desde allí, luego de comer por última vez todos juntos, cada cual marchó a su tierra.

Pero Miguel se quedó allí.

—Es que aún tengo que arreglar por aquí algunos asuntos.

Todos nos preguntamos qué clase de asuntos serían. Pensé que se iría al día siguiente, pero al otro día tampoco se había ido. Allí estaba apoyado en el antepecho del puente, mirando al agua, al parecer preocupado.

—Es que me voy mañana. De mañana no pasa...

—¿Qué estás mirando? ¿Las truchas?

—Son igual que las de allí.

—Serán las mismas...

—Las mismas... —tiró una piedra al agua, espantándolas.

Al otro día aún estaba en el pueblo. Cuando volví de llevar el almuerzo a mi tío que estaba segando, me lo encontré en lo alto de un chopo de los que hay junto al cementerio, podando.

—¡Eh, tú! —me llamó.

—¿Todavía no te has ido?

—Calla y échame la botella.

La botella del agua estaba al pie del chopo refrescándose, entre la hierba. Se la eché hacia arriba y él la cogió al vuelo, y bebió sin bajarse, sin desperdiciar un sorbo.

—¿También sabes podar?

—También, también...

—¿Pero, cuándo te vas? —insistí.

—A la semana que viene.

No se marchó a la semana siguiente, ni a la otra, ni al año. Se quedó allí, y allí está enterrado, pero no en el cementerio, como todos los hombres, sino en un prado alto que hay a las afueras del pueblo.

Subiendo, a media montaña, más allá de los últimos rebaños, había dos valles interiores, abrigados, cálidos hasta en invierno, donde una fuente manaba plana, silenciosa, con un suave deslizarse entre el césped, haciéndole crecer muy alto y fino, lo mismo que a los pajones. Estos alcanzaban la altura de un hombre, la luz se filtraba entre ellos y, a veces, se alcanzaba a ver la figura desgarbada de alguna cigüeña, posada en tierra o andando torpemente entre ellos.

Todo aquello se lo enseñé un día a Miguel y le debió gustar mucho porque quedó de rodillas en el suelo, acariciando con sus dedos la tierra húmeda, olorosa, hablando consigo mismo en voz baja. De pronto alzó la voz y dijo:

—No importa que uno se muera.

—¿Que no?

—No. Somos como un trozo pequeño del mundo. Como una hormiga.

—¡Qué cosas dices!

—Aunque uno se muera, siempre hay muchos que quedarán viviendo tras nosotros.

—Sí...

—Todo el valle seguirá como hasta ahora. Otros chicos seguirán viniendo como tú, hasta aquí, a beber el agua tan buena y a romper tallos junto a la fuente.

Yo no entendía nada de lo que me iba diciendo, pero pensaba que decía cosas que ninguno de los que vinieron con la carretera habría entendido, ni se les habría ocurrido siquiera.

La mujer que eligió para casarse seguramente le llevaría sus buenos diez años. Era viuda, y vestía siempre de negro, como todas las mujeres en el pueblo. Miguel se hizo un traje nuevo y tras cortejarla durante un par de meses, se fue a ver al cura para que sin mucha ceremonia los casase. Cuando salieron de la iglesia la viuda sonreía, cosa que pocas veces se le había visto hacer desde que muriera el primer marido. Sonreía y era como si su duro y enteco rostro hubiera rejuvenecido, como si toda ella hubiera vuelto a los felices días del antiguo matrimonio. Miguel, a la mañana siguiente, se levantó tarde y, bajo las miradas y pensamientos maliciosos de los hombres, fue a su trabajo como de costumbre, sin dar mucha importancia a la boda. De todos modos transcurrieron tres o cuatro meses de paz completa.

Cuando volvía por las tardes, la mujer le esperaba con la merienda sobre la mesa y en la semipenumbra de la cocina, iban los dos comiendo poco a poco la cecina, el jamón, la dulce manteca amarillenta. Cuando la mujer concluía se levantaba y encendiendo el carburo desaparecía en el establo con el cubo y la banqueta. Miguel, entonces, salía a la puerta, y encendiendo un cigarro dejaba correr la imaginación por todos los oscuros rincones del valle, sobre los tejados, sobre las grises pizarras.

Los domingos, la escopeta al hombro y el morral bien repleto, subía al puerto a tirar a las palomas o a las perdices, a todo lo que se presentase. A veces tenía suerte y comían de la caza dos o tres días.

El día en que todo comenzó a agriarse lo notó la gente del pueblo porque Miguel salió a segar temprano, antes que nadie, y volvió de noche, el último, con la cara gris y la mirada perdida.

—Es que se llevan mal.

—No se entienden.

—¿Cómo se van a entender si le lleva ella casi diez años?

—También decían que el hijo que la viuda estaba a punto de dar a luz no era de Miguel, que nunca podría tenerlos.

Estaba yo con otros chicos en la bolera, viendo a tres tíos que habían desafiado a unos asturianos, cuando me llamó:

—Ven, oye.

—¡Hola, Miguel!

Tenía mala cara y los ojos como los de un difunto. Se alejó un poco conmigo:

—Oye, ¿qué dicen por ahí de mi?

—Nada, Miguel, no dicen nada.

—Algo dirán —insistió él—, anda, dímelo.

—Yo no he oído nada.

—Oigas lo que oigas, no lo creas. Todo es mentira.

—Bueno…

—Eres un chico muy listo. ¿Recuerdas aquello que te conté sobre la muerte y los que vengan después de nosotros?

—Sí, sí me acuerdo.

—¿Lo entendiste?

—No.

—No importa —me dio un golpe amistoso en el hombro—, te digo que eres un chico muy listo. El más listo de todos. Con el tiempo llegarás a algo.

—¿A qué?

—A algo.

—¿A qué? Dímelo, anda.

Viendo toda la noche la luz de la casa encendida, los del pueblo se preguntaban qué pasaría allí dentro. Nevó otra vez, y el día de Difuntos, Miguel bebió mucho desde por la mañana. Los chicos, que desde fuera mirábamos las caras de los borrachos a través de la ventana, nos preguntábamos si estaría en sus cabales, porque nunca pasaba de los cinco vasos, y aunque ahora riñera a menudo con su mujer, aún iba a casa a buena hora y procuraba no emborracharse.

Cuando la viuda apareció en el marco de la puerta, con el mantón de estambre negro sobre los hombros, todos los hombres, hasta los que no podían tenerse en pie, enmudecieron al instante, suspendiendo las malas palabras. Solo la dueña de la cantina se atrevió a hablar.

—Si buscas a Miguel, ahí lo tienes.

La viuda empezó a chillar como si tuviese todos los demonios en el cuerpo, y cuando se cansó de llamarle cosas, le llamó una que un hombre nunca puede perdonar, sobre todo si es su mujer quien se lo dice. Miguel quedó pálido, pegado a la pared mientras los otros hombres le miraban, preguntándose qué iba a hacer ahora, pero no hizo nada; solamente cogió a la viuda de la mano como si fuera una criatura y salió.

—Vamos, mujer, vamos.

Todos hubieran dado cualquier cosa por saber cómo acabó aquella noche, pero al cabo de unas semanas, tuvo la viuda un niño y todo el mundo olvidó el incidente.

Aquel invierno aprendí lo de los anillos. Los días eran cortos y fríos, y las noches largas. Hicimos muchos, golpeando la plata o el hierro, o las monedas de níquel. De tres clases los hicimos. En enero hubo una subasta y Miguel compró un solar. Decía que quería hacer su casa, y hablaba de ella como de una idea antigua, aunque yo hasta entonces no se lo había oído nombrar ni una vez siquiera. Empezó solo y luego trajo dos peones, y también un hombre para que le cavara los cimientos.

—Eso es que va a dejarla —decían los otros, refiriéndose a la viuda.

La casa iba creciendo. Todos los ratos que le quedaron libres en la siembra y, más tarde, en la siega y en la trilla, los aprovechó para labrar las piedras. Me aseguró que sería la mejor casa del municipio, y se veía que llevaba camino de conseguirlo, porque hacía todo con cuidado, y con un gusto y un arte especial en cada piedra, en cada remate, de tal modo que la fachada no quedó tosca y fea como las otras en el pueblo.

Los hombres, que veían cómo la casa iba saliendo adelante, murmuraban a su espalda, y cuando le oían decir que en las casas como en los hombres, la hermosura estaba en la proporción, sonreían callada y silenciosamente. Dijeron que era un mal cantero, que se detenía demasiado en los detalles para poder concluir nada, incluso aquella casa.

—Dicen que no sabes hacer un buen arco.

—¿Qué más?

—Ni una buena ventana, ni un dintel.

—Ya aprenderán, si esperan.

—Y que no vayas por ahí diciendo eso de los hombres.

—¿Por qué? ¿Les parece mal?

—A mi tío, por lo menos, sí.

—¿Y a los otros?

—A todo el mundo.

La viuda jamás pudo ver con agrado cómo crecía la casa. Desde su ventana veía surgir, al otro lado del río, los muros, palmo a palmo, como una segunda mujer, como si el final de la obra, fuera el final de su matrimonio, el nuevo matrimonio de Miguel con la mujer más hermosa del municipio. Nunca hablaba de ella, como si se tratase de la amante que algunos atribuían a Miguel en otro pueblo, aunque bien es verdad que los dos hablaban de muy pocas cosas ya, ni siquiera del niño que tenía por entonces tres años.

—¿Ves esta llave? —me preguntó Miguel—. La casa está terminada. Ven, fíjate si sé hacer ventanas.

La estuvimos viendo por dentro y por fuera, y yo nunca había visto una mejor, ni más bonita; con la madera blanca y nueva, los cristales recién colocados y su viejo escudo sobre la puerta.

—Aquí plantaré manzanos y ciruelos; hasta puede que me anime a tener un huerto pequeño.

Estaba tan entusiasmado como en sus buenos tiempos, cuando aún no se había casado y pensaba volver a Portugal cada semana. Ahora, como ya no hablaba de ello, se lo recordé.

—Eran otros tiempos, chico, otros tiempos.

Puso tal cara y una voz tan triste que sentí habérselo dicho. De pronto se puso a contarme lo suaves que eran los inviernos en su tierra, y cómo de niño había pasado allí los mejores días de su vida, cuando era un chico como yo, antes de ser cantero, ni peón, ni nada.

—Oye, Miguel, ¿cómo sabes tú tantas cosas?

—Porque las sé, hombre, porque las sé.

Cuando puso el ramo en la casa, como se hace siempre que se termina el tejado, la viuda huyó con un carnicero de León llevándose al hijo. Miguel estuvo una semana sin salir, sin dejarse ver en el pueblo. De vez en cuando mandaba a algún chico desde la ventana a buscar medio cuartillo de aguardiente, de modo que debió pasar aquellos días bebiendo a más y mejor. Todos los vecinos estaban asustados, porque temían que se muriese, y hasta llegaron a preguntar al cura qué debían hacer, pero al quinto día le vieron presentarse en casa del secretario.

—Quiero vender la casa vieja. Sacarla a subasta.

—Mira, la casa está a nombre de tu mujer y no puedes tocarla sin su permiso.

—Si es de mi mujer, será mía, digo yo.

—Lo siento, hombre, pero no puedes tocar eso.

La prendió fuego una noche y vendió los animales y el trigo de la cosecha, viviendo con lo que le dieron todo el invierno. Pero el dinero terminó y tuvo que sacar a subasta también la casa nueva. La mujer no volvió porque debió encontrarse a gusto en la capital con su amigo, y como Miguel no tenía ya de qué vivir, se tuvo que ir metiendo de jornalero, por lo que le quisieron dar, en las otras fincas del pueblo.

Lo mató un hombre al que llamaban el Rojo, cierto día, mientras segaban hierba en un coto. Era el día de más calor del año, a la hora en que los hombres hacen una sombra enana, diminuta, sobre el suelo. Sucedió allí donde los que vivan tras nosotros verán la fuente, y subirán a beber y a partir los tallos de los juncos, como Miguel y yo aquella tarde. Todos segaban con el cuerpo al sol. Hombres robustos, duros, macizos. Uno recordó las palabras de Miguel y durante un buen rato ninguno dijo nada. El Rojo nunca mató ni se peleó con nadie siquiera, era un chico pacífico y sin arranques, pero cuando alzó la vista, el otro tenía los ojos clavados en él, le estaba mirando desde la cerca, con el cigarro en la mano. Le devolvió la mirada y aún se la mantuvo un tiempo, pero volvió a trabajar. Le temblaban las manos; a punto estuvo de llevarse un dedo del pie con la guadaña.

No había nadie ya en el prado. Todos habían terminado y estaban a la sombra, abajo, junto al río. El Rojo alzó de nuevo los ojos y allí encontró a Miguel, con el negro cigarro aún consumiéndose entre los dedos. Sacó la piedra de afilar la guadaña y la deslizó suavemente por el filo de la hoja sin apartar un instante la mirada del cigarro, de las otras manos. La piedra chorreó agua sobre el césped. Miguel no se movió. Fue entonces cuando el otro le apostrofó.

—¡Eh, tú! ¿Qué miras?

No hubo respuesta.

Empezó a decirle los mayores insultos, para provocarle, para darse valor, y le siguió chillando hasta que Miguel avanzó sin ver nada más allá del pecho del otro, de su rojizo pelo, de sus ojos turbios, atormentados. El Rojo le dejó acercarse y sentía un miedo frío, y procuró recordar en un instante todo lo que acerca de aquel hombre le habían contado, para que no le llegara a faltar el valor en el último momento, porque Miguel ningún daño le había hecho nunca.

Miguel quedó tendido con la boca en la tierra, abrazado a la fuente, a la hierba, con un chorro de sangre latiendo como un ser vivo en el cuello, bajo la barba. Tardaron mucho los demás en decidirse a levantarlo y cuando lo hicieron nadie quiso que fuera enterrado en el cementerio, y le cavaron allí mismo una tumba, en un rincón del prado, donde en primavera crece la flor de la genciana.



Segunda versión (1958)

[Fernández Santos, J. (1958). “Hombres”. En Fernández Santos, J. Cabeza rapada (pp. 47-56). Seix Barral]

En agosto llegaron los portugueses. Vinieron con la carretera, bordeando la sierra, cortándola a veces, por el fino través de las gargantas.

Sombreros pajizos de anchas alas, rostros y manos bruñidos por el sol, sudaban todo cuanto puede un hombre en el día más agobiante del verano.

Miguel era de Montealegre, un lugar que cae cerca de la frontera, y labraba piedra para el peralte de las curvas. Él me enseñó a hacer sortijas, como los presos, con un martillo y un clavo de herradura. Se pasaba el día diciendo:

—Estoy deseando terminar esta maldita carretera. Me vuelvo de una vez a mi tierra. Asco de gente...

Nosotros le veíamos golpear las losas de granito, y sentados en el muro del río, le preguntábamos:

—¿Dónde cae tu tierra, Miguel?

—Al otro lado —y señalaba al sur con la cabeza.

—¿Cuál?

Alzando sobre la frente las gafas de tupida rejilla, respondía:

—Portugal: la mejor tierra del mundo, chicos.

Echaban capas de grava y cemento, y grava otra vez; parecía que no fueran a acabar jamás, avanzando tan lentos, metro a metro, quedando en el mismo sitio muchos días. Dormían en las eras, los rostros ennegrecidos, mirando al cielo, entornando a medias los ojos bajo la hilera gris de las pestañas quemadas, o en los pajares, entre emanaciones de hierba aún sin fermentar; donde les cogía la noche, y podían tumbarse y recordar a la mujer y los chicos, muchos kilómetros atrás, esperando el fin de los trabajos.

Al llegar a los pueblos el capataz se adelantaba para hablar con el alcalde, o con el secretario, o con el presidente si el sitio era pequeño, para ver de arreglar el alojamiento y la comida, si la había, porque cruzaron pueblos más pobres aún que los canteros y peones, infinitamente más pobres que capataces y listeros, aldeas miserables que quedaron atrás, colgados en la cima de los montes, en algún amarillo ribazo, sin alcalde, ni cura, sólo con un rebaño de niños grises, delgados, que miraban silenciosos el lento taladrar de los barrenos.

Como habían previsto los ingenieros, se llegó al puerto en los primeros días de noviembre. Ya poco antes cayeron dos fuertes aguaceros y una nevada que no llegó a cuajar. Un gallego que trabajaba la madera, murió de pulmonía, pero los restantes llegaron con la carretera hasta el límite mismo de la provincia. Hubo fiesta y subió el gobernador, y un representante del Gobierno para cortar la cinta que abría el paso. Días más tarde, en tres camiones, bajaron los obreros hasta el ferrocarril, y desde allí, luego de comer por última vez juntos todos, cada cual marchó a su tierra.

Pero Miguel se quedó.

—Es que aún tengo asuntos que arreglar por aquí —. Nadie supo qué asuntos serían. Yo pensé que marchaba al día siguiente, pero a la otra mañana, aún estaba.

Apoyado en el antepecho del puente, miraba el agua.

—De mañana no paso...

—¿Qué estás mirando? ¿Las truchas?

—Igual que las de mi tierra.

—Serán las mismas...

—Las mismas...— Tiró una piedra al agua, espantándolas.

Al otro día, cuando volví de llevar el almuerzo a mi tío que segaba, me lo encontré podando un chopo del cementerio. Me llamó desde lo alto.

—¿Todavía no te has ido? —le pregunté.

—Calla y échame la botella.

La botella del agua estaba al pie del árbol refrescándose.

Se la eché arriba y él la cogió al vuelo, bebiendo sin bajarse, sin perder un sorbo.

—¿También sabes podar?

—Sí señor, también.

—¿Pero cuándo te vas? — insistí.

—La semana que viene. Pronto...

No se marchó a la semana siguiente, ni a la otra, ni al año. Se quedó y allí está aún, enterrado, no en el cementerio como los otros hombres, sino en un prado alto, pasto común en las afueras del pueblo.

* * *

Subiendo, a media montaña, más allá de los últimos rebaños, corrían dos valles interiores, abrigados, cálidos hasta en invierno, donde una fuente mana plana, silenciosa, con lento deslizarse entre el césped, haciéndole crecer muy alto, casi tan fino como los pajones. Éstos alcanzaban la altura de un hombre, y cuando la luz se filtraba entre ellos, podía verse la figura desgarbada de alguna cigüeña posada, o andando torpemente a ras de tierra.

Todo aquello: los valles, la fuente, las cigüeñas, se lo enseñé a Miguel un día, y aunque no dijo nada estuvo largo rato ensimismado, acariciándose la barba como cada vez que andaba pensativo. Luego exclamó en alta voz:

—¿Qué será de todo esto, cuando uno se vaya al otro mundo?

Yo le miré, pero bien se veía que no era a mí a quién preguntaba.

Al año se casó. Como todos los de por allí que no tenían dinero, ni tierras, ni fortuna, escogió una viuda a la que su primer marido dejó rica. Cuando salieron de la iglesia, la mujer sonreía. Era como si su duro y enteco rostro hubiera rejuvenecido, como si toda ella hubiera vuelto a los alegres días del primer matrimonio. Miguel, a la mañana siguiente, se levantó temprano, y bajo la mirada maliciosa de los demás, fue a su trabajo como de costumbre.

Tres meses duró la paz. El día en que las cosas se agriaron Miguel salió a segar antes que nadie y volvió de noche, su cara gris, sus ojos como muertos.

Estaba yo con otros chicos en la bolera, viendo a los hombres desafiarse contra cuatro asturianos, cuando pasó a mi espalda.

—Ven para acá — me llamó.

Seguimos carretera arriba, bordeando el río, fuera ya del pueblo.

—¿Qué dicen por ahí de mí? — preguntó al fin, pasado el cementerio.

—Nada... ¿Qué van a decir?

—Creía...

—Una vez oí que presumías mucho para no ser de este pueblo.

Miguel no respondió.

* * *

Viendo noches enteras la luz encendida en casa de la viuda, los vecinos se preguntaban cómo irían las cosas allá dentro.

Nevó mucho el día de difuntos. Aquel invierno aprendí lo de los anillos. Los días eran breves y fríos, y las noches largas. Hicimos muchos golpeando la plata o el hierro, o monedas de níquel. De tres clases los hicimos. En enero hubo subasta y Miguel compró un solar. Decía que quería hacer una casa para él solo y hablaba de ello como de una vieja idea, aunque hasta entonces nadie se la hubiera oído mentar.

Empezó solo pero luego trajo dos peones y un hombre para que le cavara los cimientos.

—Eso es que la deja —dijeron los demás, hablando de la viuda.

La casa crecía. Todos los ratos que le quedaron libres en la siembra y, más tarde, en la siega y la trilla, los aprovechó para labrar las piedras. Aseguraba que iba a ser la mejor de todo el ayuntamiento y parecía ir a conseguirlo, porque hacía las cosas con cuidado y con gusto.

Los hombres viendo salir la casa adelante, murmuraban. Parecían sentirla ante ellos como una vaga ofensa, y algunos como un directo desafío. Sobre todo el día que le oyeron exclamar:

—Aquí no se trabaja la piedra... Aquí nadie entiende de eso, ni de nada...

No contestaron, pero a la tarde, uno exclamó:

—A éste hay que pararle los pies un día.

Se lo conté a Miguel, pero no se ofendía. Al contrario, me preguntaba como siempre:

—¿Y qué más dicen?

—Que no sabes labrar ventanas, ni una puerta, ni un dintel...

—Ya aprenderán, si esperan.

—Y que no vayas diciendo por ahí, eso de los hombres...

—¿Que no entienden?

—Eso...

Nunca pudo la viuda ver con agrado el nacimiento de la casa. Parecía ignorarla, a pesar de que desde su ventana, debía ver cómo crecían los muros palmo a palmo, al otro lado del río.

Al año me enseñó Miguel la llave:

—¿La ves? Ya está casi terminada. Fíjate si sé hacer ventanas.

La vimos por dentro y fuera. Estaba tan alegre como en sus buenos tiempos, cuando aún andaba soltero y pensaba, cada semana, volver a Portugal. Se lo dije, y puso tal cara y una voz tan triste que me dio pena haberle hablado de ello.

—Eran otros tiempos, chico, eran otros tiempos.

De pronto empezó a contarme lo cálidos que eran los inviernos en su tierra y cómo de chico, igual que yo, había pasado sus mejores tiempos, antes de ser peón, ni cantero, ni nada.

Cuando puso el ramo en el tejado, como se hace siempre al acabarlo, la viuda huyó a León, a casa de un primo, carnicero. Miguel estuvo una semana sin salir, y cuando ya el presidente pensaba visitarle, se adelantó yendo a ver al secretario.

—Quiero vender la casa grande. Sacarla a subasta.

—Hombre, la casa es de tu mujer.

—Si es de ella, será mia, digo yo...

—Es que está a su nombre. Bien que lo siento, pero ni tocarla puedes...

Vendió los animales y el pan de la cosecha, viviendo de ello aquel invierno, pero también aquel dinero se acabó y tuvo que ir entrando de jornalero, como antes, por cada una de las otras haciendas.

Lo mató un hombre que aún está en la cárcel. Lo mató quizá por sus palabras, quizá por la casa, quizá por nada o por algo que nunca quiso decir.

Habían quedado solos los dos en un prado alto, cerca del valle que yo enseñé a Miguel, y al oscurecer, bajó el hombre demacrado. Sin decir palabra, cruzando el pueblo, se encaminó al cuartelillo de los guardias.

— Vengo a que me detengan, cabo.

—¿Qué te pasa?

—Que maté al portugués...

Tenía un negro corte de guadaña en el cuello, bajo la barba. Tardaron en decidirse a levantarlo, y sólo cuando el médico lo vio, lo bajaron al pueblo. El cura no quiso que fuera enterrado en lugar sagrado y le cavaron la tumba donde ya dije, en un rincón del prado donde por mayo nace la flor de la genciana.



Tercera versión (1978)

[Fernández Santos, J. (1978). “Hombres”. En J. Fernández Santos, Cuentos completos (pp. 29-34). Alianza]

En agosto llegaron los portugueses. Vinieron con la carretera, bordeando la sierra, cortándola a veces, por el fino través de las gargantas.

Sombreros pajizos de anchas alas, rostros y manos bruñidos por el sol, sudaban todo cuanto puede un hombre en el día más agobiante del verano.

Miguel era de Montealegre, un lugar que cae cerca de la frontera, y labraba piedra para el peralte de las curvas. Él me enseñó a hacer sortijas, como los presos, con un martillo y un clavo de herradura. Se pasaba el día diciendo:

—Estoy deseando terminar esta maldita carretera. Me vuelvo de una vez a mi tierra. Asco de gente...

Nosotros le veíamos golpear las losas de granito, y sentados en el muro del río, le preguntábamos:

—¿Dónde cae tu tierra, Miguel?

—Al otro lado —y señalaba al sur con la cabeza.

—¿Cuál?

Alzando sobre la frente las gafas de tupida rejilla, respondía:

—Portugal: la mejor tierra del mundo, chicos.

Echaban capas de grava y cemento, y grava otra vez; parecía que no fueran a acabar jamás, avanzando tan lentos, metro a metro, quedando en el mismo sitio muchos días. Dormían en las eras, los rostros ennegrecidos, mirando al cielo, entornando a medias los ojos bajo la hilera gris de las pestañas quemadas, o en los pajares, entre emanaciones de hierba aún sin fermentar; donde les cogía la noche, y podían tumbarse y recordar a la mujer y los chicos, muchos kilómetros atrás, esperando el fin de los trabajos.

Al llegar a los pueblos el capataz se adelantaba para hablar con el alcalde, o con el secretario, o con el presidente si el sitio era pequeño, para ver de arreglar el alojamiento y la comida, si la había, porque cruzaron pueblos más pobres aún que los canteros y peones, infinitamente más pobres que capataces y listeros, aldeas miserables que quedaron atrás, colgadas en la cima de los montes, en algún amarillo ribazo, sin alcalde, ni cura, sólo con un rebaño de niños grises, delgados, que miraban silenciosos el lento taladrar de los barrenos.

Como habían previsto los ingenieros, se llegó al puerto en los primeros días de noviembre. Ya poco antes cayeron dos fuertes aguaceros y una nevada que no llegó a cuajar. Un gallego que trabajaba la madera, murió de pulmonía, pero los restantes llegaron con la carretera hasta el límite mismo de la provincia. Hubo fiesta y subió el gobernador, y un representante del Gobierno para cortar la cinta que abría el paso. Días más tarde, en tres camiones, bajaron los obreros hasta el ferrocarril, y desde allí, luego de comer por última vez juntos todos, cada cual marchó a su tierra.

Pero Miguel se quedó.

—Es que aún tengo asuntos que arreglar por aquí—. Nadie supo qué asuntos serían. Yo pensé que marchaba al día siguiente, pero a la otra mañana, aún estaba.

Apoyado en el antepecho del puente, mirada el agua.

—De mañana no paso…

—¿Qué estás mirando? ¿Las truchas?

—Igual que las de mi tierra.

—Serán las mismas…

—Las mismas… —Tiró una piedra al agua, espantándolas.

Al otro día, cuando volví de llevar el almuerzo a mi tío que segaba, me lo encontré podando un chopo del cementerio. Me llamó desde lo alto.

—¿Todavía no te has ido? —le pregunté.

—Calla y échame la botella.

La botella del agua estaba al pie del árbol refrescándose.

Se la eché arriba y él la cogió al vuelo, bebiendo sin bajarse, sin perder un sorbo.

—¿También sabes podar?

—Sí señor, también.

—¿Pero cuándo te vas? —insistí.

—La semana que viene. Pronto...

No se marchó a la semana siguiente, ni a la otra, ni al año. Se quedó y allí está aún, enterrado, no en el cementerio como los otros hombres, sino en un prado alto, pasto común en las afueras del pueblo.

* * *

Subiendo, a media montaña, más allá de los últimos rebaños, corrían dos valles interiores, abrigados, cálidos hasta en invierno, donde una fuente mana plana, silenciosa, con lento deslizarse entre el césped, haciéndole crecer muy alto, casi tan fino como los pajones. Estos alcanzaban la altura de un hombre, y cuando la luz se filtraba entre ellos, podía verse la figura desgarbada de alguna cigüeña posada, o andando torpemente a ras de tierra.

Todo aquello: los valles, la fuente, las cigüeñas, se lo enseñé a Miguel un día, y aunque no dijo nada estuvo largo rato ensimismado, acariciándose la barba como cada vez que andaba pensativo. Luego exclamó en alta voz:

—¿Qué será de todo esto, cuando uno se vaya al otro mundo?

Yo le miré, pero bien se veía que no era a mí a quien preguntaba.

Al año se casó. Como todos los de por allí que no tenían dinero, ni tierras, ni fortuna, escogió una viuda a la que su primer marido dejó rica. Cuando salieron de la iglesia, la mujer sonreía. Era como si su duro y helado rostro hubiera rejuvenecido, como si toda ella hubiera vuelto a los alegres días del primer matrimonio. Miguel, a la mañana siguiente, se levantó temprano, y bajo la mirada maliciosa de los demás, fue a su trabajo como de costumbre.

Tres meses duró la paz. El día en que las cosas se agriaron Miguel salió a segar antes que nadie y volvió de noche, su cara gris, sus ojos como muertos.

Estaba yo con otros chicos en la bolera, viendo a los hombres desafiarse contra cuatro asturianos, cuando pasó a mi espalda.

—Ven para acá —me llamó.

Seguimos carretera arriba, bordeando el río, fuera ya del pueblo.

—¿Qué dicen por ahí de mí? —preguntó al fin, pasado el cementerio.

—Cosas...

—¿Qué cosas?

—Cosas de hombres.

No quise añadir más, pero él debió adivinarlo. Hablaban de que la viuda y él dormían cada cual en su cuarto, de que mejor sería para él mirar más por ella y dejar en paz a los chicos.

* * *

Viendo noches enteras la luz encendida en casa de la viuda, los vecinos se preguntaban cómo irían las cosas allá dentro.

Nevó mucho el día de difuntos. Aquel invierno aprendí lo de los anillos. Los días eran breves y fríos, y las noches largas. Hicimos muchos golpeando la plata o el hierro, o monedas de níquel. De tres clases los hicimos. En enero hubo subasta y Miguel compró un solar. Decía que quería hacer una casa para él solo y hablaba de ello como de una vieja idea, aunque hasta entonces nadie se la hubiera oído mentar.

Empezó solo pero luego trajo dos peones y un hombre para que le cavara los cimientos.

—Eso es que la deja —dijeron los demás, hablando de la viuda.

La casa crecía. Todos los ratos que le quedaron libres en la siembra y, más tarde, en la siega y la trilla, los aprovechó para labrar las piedras. Aseguraba que iba a ser la mejor de todo el ayuntamiento y parecía ir a conseguirlo, porque hacía las cosas con cuidado y con gusto.

Los hombres viendo salir la casa adelante, murmuraban. Parecían sentirla ante ellos como una vaga ofensa, y algunos como un directo desafío. Sobre todo el día que le oyeron exclamar:

—Aquí no se trabaja la piedra... Aquí nadie entiende de nada...

No contestaron, pero a la tarde, uno exclamó:

—A éste hay que pararle los pies un día.

Se lo conté a Miguel, pero no se ofendió. Al contrario, me preguntaba como siempre:

—¿Y qué más dicen?

—Que no sabes labrar ventanas.

—Ya aprenderán si esperan.

—Y que no vaya tanto por ahí contigo.

—¿Por qué?

—No sé; pero lo dicen.

Se me quedó mirando vagamente.

Nunca pudo la viuda ver con agrado ni mi amistad con él, ni el nacimiento de la casa. Era como si los dos nos metiéramos por medio entre ella y su marido. Pero al año, Miguel me enseñó la llave.

—¿La ves? Ya está casi terminada.

La vimos toda al detalle. Estaba él tan alegre como en sus buenos tiempos, cuando aún andaba soltero y pensaba, cada semana, volver a Portugal. Se lo dije, y puso tal cara y una voz tan triste que me dio pena haberle hablado de ello.

—Eran otros tiempos, chico, tiempos buenos.

De pronto empezó a contarme lo cálidos que eran los inviernos en su tierra y cómo de chico, igual que yo, había pasado sus mejores tiempos, antes de ser peón, ni cantero, ni nada.

Cuando puso el ramo en el tejado, como se hace siempre al acabarlo, la viuda huyó a León, a casa de un primo, carnicero. Miguel estuvo una semana sin salir, y cuando ya el presidente pensaba visitarle, se adelantó yendo a ver al secretario.

—Quiero vender la casa grande. Sacarla a subasta,

—Hombre, la casa es de tu mujer también.

—Si es de ella, será mía, digo yo...

—Es cosa de los dos. Bien que lo siento, pero ni tocarla puedes...

Vendió los animales y el pan de la cosecha, viviendo de ello aquel invierno, pero también aquel dinero se acabó y tuvo que ir entrando de jornalero, como antes, por cada una de las otras haciendas.

Lo mató un hombre que aún está en la cárcel. Lo mató quizá por sus palabras, quizá por la casa, quizá por nada o por algo que nunca quiso decir.

Habían quedado solos los dos en un prado alto, cerca del valle que yo enseñé a Miguel, y al oscurecer, bajó el hombre demacrado. Sin decir palabra, cruzando el pueblo, se encaminó al cuartelillo de los guardias.

—Vengo a que me detengan, cabo.

—¿Qué te pasa?

—Que maté al portugués...

Lo encontraron arriba, entre los pastos, donde el río nace. Tenía un gran corte de guadaña en la maraña oscura de su bajo vientre. Tardaron en decidirse a levantarlo, y sólo cuando el médico lo vio, lo bajaron al pueblo. El cura no quiso que fuera enterrado en sagrado y le cavaron una tumba donde ya dije, en un rincón del prado donde crece la flor de la genciana.

Referencias bibliográficas

López-Ríos, S. (2024). Concentrar la mirada en la homofobia: la tensión secreta en “Hombres” de Jesús Fernández Santos. En D. Santos Sánchez y M. Serrano Aguilar (Eds.), Literatura y género bajo el franquismo: “El niño mirará al mundo, la niña mirará al hogar” (pp. 247-276). Iberoamericana-Vervuert. https://hdl.handle.net/20.500.14352/125914

Recepción: 28 noviembre 2025

Aprobación: 12 diciembre 2025

Publicación: 1 mayo 2026



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