Olivar, vol. 16, nº 24, diciembre 2015. ISSN 1852-4478
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

 

ARTICULO/ARTICLE

 

Literatura en el espacio público. Rivas y su obra: un punto de inflexión en la recuperación de la memoria histórica

 

 

Dolores Vilavedra

Universidad de Santiago de Compostela
dolores.vilavedra@usc.es
España

 

Cita sugerida: Vilavedra, D. (2015). Literatura en el espacio público. Rivas y su obra: un punto de inflexión en la recuperación de la memoria histórica. Olivar, 16 (24). Recuperado de http://www.olivar.fahce.unlp.edu.ar/article/view/Olivar2015v16n24a01

 

Resumen
Tras una revisión diacrónica del tratamiento del tema de la guerra civil en la narrativa gallega, el artículo analiza la función performativa que en ese contexto han desempeñado una serie de obras narrativas de Manuel Rivas y su eficacia como factores de legitimación y dinamización del proceso de recuperación de la memoria histórica. Como conclusión se propone considerar a Rivas como un emprendedor de la memoria (Jelin) y sus obras como ‘lieux de memoire’ (Nora) por su condición de artefactos culturales de integración social.

Palabras clave: Memoria histórica; narrativa gallega; Manuel Rivas; Guerra Civil

 

Abstract
After a diachronic review of the treatment of the topic of the Spanisch civil war in Galicien narrative, this article focuses on the performative role played in this context by some narrative works of Manuel Rivas, and their effectiveness as means of legitimation and dynamization factors of the process recovery of historical memory. Finally, it is proposed to consider Rivas as an ‘emprendedor de la memoria’ (Jelin) and his works as ‘lieux de memoire’ (Nora) in their condition of cultural artifacts of social integration.

Keywords: Historical memory; galicien narrative; Manuel Rivas; civil war

 

 

Nada do que acontece se esquece nunca, aínda que non se
poida lembrar” (Zeniba, en
A viaxe de Chihiro)

A Minia, que me abre camiños para explorar novos mundos

 

Introducción

Las ideas que desarrollaré en las páginas siguientes tienen su punto de partida en la constatación de que la obra narrativa de Manuel Rivas supone, en la década de los 90, un verdadero punto de inflexión tanto en el tratamiento literario de la guerra civil como en el de la integración de esta en la memoria cultural gallega. Partiendo de la aceptación de que la literatura es uno de los “modes of remembering” que propone Erll (2008: 7) junto con otros como la historia, el mito y la memoria familiar o generacional, intentaremos dilucidar cual ha sido el papel desempeñado por las obras de Rivas en la formación y transformación de nuestra memoria cultural (ibidem), así como su auténtico valor performativo (y repárese en que no llego a decir ‘subversivo’1). Entenderemos el sintagma ‘memoria cultural’ como una metáfora, o más bien como lo que Erll llama “umbrella term” (2008: 4), que comprende tanto la memoria social como la material o mediática, pero también la mental o cognitiva.

Debo aclarar que mi particular abordaje del papel desempeñado por Rivas y su obra en la reapropiación cívica de la memoria histórica nace de la necesidad de intentar resolver, también, una cuestión de tipo heurístico. Y es que considero imprescindible que nos preguntemos, como hacen por ejemplo Faber (2014) o Labrador (2011), cuál es el sentido de analizar, sea de manera individual o en su conjunto, los textos narrativos (o fílmicos) que tocan temas relacionados con la guerra civil. En mi opinión, para tener alguna razón de ser, este tipo de análisis deberían esclarecer -por ejemplo- cuestiones como hasta qué punto esos textos nos permiten comprender la evolución social y política de la memoria histórica en España y hasta qué punto son representativos de ciertos fenómenos sociales, ya sean estos tendencias de fondo o bien cambios relevantes en el proceso de articulación de dicha memoria. Esta tarea se me presenta como un desafío deontológico porque estoy convencida de que “los relatos de la memoria histórica están hablando de la configuración moral de la sociedad española actual a través de sus formas de contar el pasado” (Labrador, 2011: 109); por tanto, si el estudio de esos relatos no va acompañado al menos de la voluntad de encontrar el sentido de ese estudio, corremos un riesgo elevadísimo de caer en un mero descriptivismo hueco, de activar un metadiscurso puramente tautológico o de incurrir en un alarde de narcisismo hermenéutico. Creo que un primer paso imprescindible para soslayar estos riesgos es asumir que, como investigadores, nuestro móvil principal a la hora de abordar dichos temas es un compromiso ético, político o, cuando menos, afectivo (Resina), y no empeñarnos en fingir una asepsia o neutralidad que son sólo aparentes y que no constituyen, per se, ninguna garantía de rigor científico u objetividad.

En consonancia con este compromiso, el análisis de las especificidades formales de la ficción narrativa debe encaminarse a intentar revelar como se articulan, desde nuestro presente, las diversas tentativas de comprender ese pasado, de enfrentarnos con él y de integrarlo. Las posibilidades que la comunidad investigadora -y ese grupo que vagamente calificamos como ‘los intelectuales’- tiene de orientar la búsqueda de soluciones políticas a las cuestiones que el deficitario abordaje de la memoria histórica ha dejado pendientes en el contexto del estado español son más bien escasas. Pero en cambio, estoy convencida de que esclareciendo cuales son las estrategias por medio de las cuales la sociedad representa artísticamente esa memoria podemos contribuir a poner de manifiesto las carencias, frustraciones y deseos de esa sociedad, y a alertarla contra las posibles manipulaciones de todo ello. En última instancia, revelar el valor performativo que llegan a alcanzar determinadas obras literarias es un buen ejemplo de su dimensión ética pero también de cómo la propia sociedad civil es capaz de dotarse de mecanismos compensatorios con los que colmar esos agujeros negros de su pasado y capaz también de poner en marcha estrategias simbólicas que palíen los déficits políticos. El caso de Rivas resulta, como espero demostrar, paradigmático de ambos fenómenos, en la medida en que ha contribuido a la legitimación y dinamización de los discursos en defensa de la memoria histórica y de las soluciones políticas que se han ido proponiendo en las últimas décadas.

En las siguientes páginas veremos pues que la literatura no ha sido ajena al hecho de que, a partir de 1996 la memoria de la guerra y el franquismo pasase, en palabras de Lourenzo Fernández Prieto (2009: 139), “de la memoria de las familias al debate social”, y de ahí al terreno político2 .

Funciones de la memoria, funciones del silencio

Para comenzar, sería interesante llamar la atención sobre el hecho de que la reactivación de la memoria histórica, en general, y de la memoria de la guerra en Galicia en particular, se produce en un momento de agudización del sentido de fragmentación de la condición contemporánea, lo que permite que surja un espacio para la recuperación de lo invisible, lo ex-céntrico, lo heterodoxo. Si las nuevas subjetividades “pugnan laboriosamente por aprender a contarse de otra manera para decir la propia identidad”, entonces

al construir nuevas narraciones de lo acontecido, al hacer el gesto de recordar lo olvidado o lo no transmitido, emerge la propia identidad […] para mantener una identidad o dotarse de ella ha de darse una dialéctica entre conservación e innovación, una dialéctica de memoria y olvido (Birulés, 2002: 145).

Las ficciones de la memoria pueden convertirse así, para nosotros, lectoras y lectores, en “a force of continual innovation an self-renewal” (Neumann, 2010: 341). Quizá esta proyección de futuro, a la que tendremos ocasión de volver a referirnos, es lo que inquieta tanto a los que se manifiestan escépticos (cuando no directamente hostiles) ante las prácticas memorialísticas.

La relación entre memoria e identidad me permite enfocar el tema que nos ocupa también a nivel micro o individual. Conviene no ignorar que el acto de recordar es un fenómeno biológico y cognitivo que interacciona dialécticamente con el marco comunitario en el que opera. Por tanto, “acts of memory are performed by individuals in a cultural framework that encourages these acts” (Bal, 1999: XIII). Me interesa pues hacer hincapié en esta tensión, en la funcionalidad de las prácticas de recuperación de la memoria para la elaboración de la identidad personal (un buen ejemplo de esa funcionalidad sería el valor terapéutico de dichas prácticas), porque se suele pasar por alto cuando se aborda el tema que ahora nos ocupa, en beneficio de una perspectiva más global. Y es precisamente en esa intersección, en ese eje de abscisas entre lo individual y lo colectivo, entre lo privado y lo público, donde opera la literatura como práctica memorialística. Así, no sólo la escritura, sino también la lectura y el comentario de este tipo de textos pueden ser considerados como actos afiliativos (Faber, 2011:102-103) que nacen de una convicción moral, basados en “la solidaridad, la compasión y la identificación” (ibidem) y que determinan un compromiso consciente y explícito del sujeto con determinados valores. Y estas decisiones afiliativas vendrían a complementar, en términos identitarios, las adscripciones filiativas, es decir, “constituidas por la sangre, el parentesco, el destino” (ibidem).

Cuando nos situamos en un ámbito más contextual se hace evidente que las explicaciones que subrayan la funcionalidad de la memoria en la construcción de la subjetividad no son incompatibles con la constatación de que, ante la falta de futuro, los sectores más progresistas de la sociedad miran al pasado “como si no quedara más proyecto posible que el de mantener lo mejor de lo que hubo” (Cruz, 2007: 87 ), ni con la idea de Huyssen de que “el giro hacia la memoria recibe un impulso subliminal del deseo de anclarnos en un mundo caracterizado por la creciente inestabilidad del tiempo y por la fracturación del espacio en que vivimos” (Huyssen, 2002: 24). Ese mirar al pasado, lejos de convertirnos en estatuas de sal, podría inspirarnos “a critical utopianism that revisions a better future” (Hirsch and Spitzer, 2003: 83)3 o, cuando menos, promover la explotación del potencial performativo de la literatura en determinadas coyunturas socio-históricas. De ahí quizá, como ya he dicho, las reticencias que ciertas prácticas literarias inspiran.

Si adoptamos una perspectiva diacrónica reparamos en que el comportamiento de la sociedad gallega (y española) en relación a esta cuestión no ha sido en absoluto excepcional (como a veces se pretende hacernos creer) sino el propio de las sociedades postautoritarias:

in the initial stages of transition, negotiations between representatives of the old and the new regime may be instrumental in stabilizing the first years of the new democratic order […] However, once democratic institutions have acquired a certain aceptance in society, silence about the past crimes may become dysfunctional and/or result in social conflicts over interpretations. (Langenohl, 2008: 169).

También en nuestro caso, en un determinado momento de la Transición, la superación del silencio se revelaría como imprescindible para evitar disfunciones en la articulación político-social de la conciencia histórica. Pero si realmente el silencio formó parte de una estrategia de estabilización de la sociedad española de posguerra, como sería habitual en casos semejantes, ¿es pertinente entonces hablar del supuesto pacto de silencio al que tanto se ha aludido? ¿No constituye una cierta redundancia? Son muchos los especialistas que reivindican dicha pertinencia. Paloma Aguilar, sin afirmarlo explícitamente, analiza pormenorizadamente las complejas razones por las que “los españoles, sobre todo durante la transición, no se mostraron muy proclives a hurgar en el pasado” (Aguilar, 2006: 248) pero, intentando abordar el asunto desde una perspectiva original, pone el foco, más que en la supuesta existencia de un pacto de silencio, en lo que ella llama un “pacto de memoria” desde el principio de la Transición (op. cit. 260). Es una forma de ver la botella medio llena y no medio vacía.

En todo caso, hubiese pacto o no, parece evidente que en ese silencio hay una frontera en 1996, año en el que se publica el libro de Paloma Aguilar Memoria y olvido de la guerra civil española, que sin duda marcó un antes y un después en los estudios sobre el tema. Por nuestra parte, recordemos que ¿Que me queres amor? es de 1995 y que la versión en castellano aparece al año siguiente, que es cuando se le concede el Premio Nacional de Narrativa.

Quizá la ruptura de ese silencio no fue ajena a la definitiva europeización de España (el tratado de la Unión Europea, también conocido como tratado de Maastrich, entró en vigor en 1993), que llevaría aparejada su incorporación a lo que Judt ha llamado en el epílogo de Posguerra (2005, traducción al castellano 2006) la “memoria europea contemporánea”, entendida como cultura compartida de la memoria de un pasado reciente y traumático4. Y parece evidente también que dicho pacto, de haberlo, se empezaría a romper ya en los 90, cuando tuvieron lugar una serie de efemérides que recuperaban la historia reciente para la esfera pública. Así, 1992 fue el año del centenario del nacimiento de Franco (con la consiguiente aparición de obras de Tusell, Preston o Payne sobre el dictador), en 1995 se cumplieron 20 años de su muerte y en 1996 se recordó el 60 aniversario del comienzo de la guerra.

No es una mera cuestión dialéctica aclarar si se produjo o no el tan discutido pacto de silencio, sino que resolverla se nos revela como un paso necesario para dilucidar si la elaboración literaria del conflicto interacciona de alguna forma con su elaboración historiográfica –entendidas ambas, a la manera de Erll (2008: 7), como “modes of remembering” particulares–, si se producen en paralelo, se complementan o bien una prepara el terreno a la otra, si simplemente se trata de discursos que operan en ámbitos diferentes y, en última instancia, si todo ello produce algún tipo de resultado en el ámbito político. Así, por ejemplo, Santos Juliá asevera que en la década de los 80 la guerra estaba muy presente en el ámbito académico pero totalmente ausente del debate político (2011: 58), en el que no entraría hasta los 90. Según él (y en esto coincide con Aguilar), sería ante la posibilidad de que el PP obtuviese mayoría en las elecciones de 1993 cuando el PSOE –muy desgastado por los sucesivos escándalos de corrupción y las acusaciones de guerra sucia contra ETA– decida contratacar, presentando el PP como heredero del franquismo, una estrategia con la que continuaría después, hasta las elecciones anticipadas de 19965. La cuestión, que hasta entonces había venido ocupando a especialistas en el ámbito académico, entra pues de lleno en la agenda mediática. La literatura no podía permanecer ajena ante ello. En todo caso, es bien significativo que un historiador tan crítico con la posición que sobre este tema defiende Santos Juliá como es Francisco Espinosa sí reconozca que en 1996 se produce un punto de inflexión y califique la nueva etapa que entonces se abre como de “resurgir de la memoria” (2006: 184).

Parece pues claro que es en el momento en que la guerra entra en el debate político (aceptando, con Juliá, que ya lo estaba en el historiográfico) cuando cobra protagonismo en el plano literario. Será la generación de los nietos la que active, por medio de la literatura y el cine, nuevos procesos afiliativos. En este nuevo escenario, el éxito de Rivas se debe a que, a diferencia del uso oportunista y maniqueo que la clase política estaba haciendo de la memoria de la guerra, la suya se presenta como una propuesta conciliadora e integradora o, por lo menos, no excluyente, y por tanto sumamente eficaz para legitimar moralmente tanto las demandas pendientes como las soluciones políticas que a esas se le iban dando.

Veamos pues a continuación como se configuran esos actos afiliativos, frente a lo que había sido la gestión de la memoria del conflicto por parte de las generaciones anteriores.

Cronología de una dialéctica: el caso gallego y sus singularidades

En primer lugar, haremos un breve recorrido a través de las distintas etapas por las que el tratamiento del tema de la guerra ha ido pasando en la literatura gallega, y comprobaremos hasta qué punto es posible detectar una relación dialéctica entre la configuración de diversas modalidades discursivas por medio de las cuales se materializó el abordaje del tema y los ciclos políticos que se suelen establecer en la gestión de la memoria del conflicto. Según Francisco Espinosa (2006), esos ciclos pueden fijarse en las siguientes etapas:

-Hasta 1977: negación de la memoria, prohibida por el franquismo.

-1977-81: se ponen en marcha políticas que promueven el olvido, fundamentalmente por medio de la cautela y el silencio.

-1982-96: suspensión de la memoria (coincidiendo con los gobiernos del PSOE6).

-1996-2002: resurgir de la memoria.

Si por un instante abrimos el foco de este análisis descubriremos una serie de datos que encajan en esta propuesta: en 1998 el juez Garzón dictó una orden internacional de detención contra Pinochet, que en aquel momento se encontraba en Londres, donde fue arrestado y juzgado haste que en 2000 el gobierno británico, por razones humanitarias, lo devolvió a Chile, donde se tendría que enfrentar a nuevos procesos judiciales hasta su muerte. También en 1998 Francia condenó al ex-funcionario Maurice Papon, de 88 años de edad, por colaborar con los nazis en la persecución y deportación de judíos durante el régimen de Vichy. Por lo que se refiere al caso argentino, en 1996 el juez español Baltasar Garzón abrió proceso a la dictadura argentina por la desaparición de casi 300 ciudadanos españoles, tras el indulto otorgado por el presidente Menem en 1990 a los condenados y que sería declarado inconstitucional por la Corte Suprema argentina en 2006. En 2002 la ONU pidió que se investigasen los crímenes franquistas posteriores a 1945 y ese mismo año, en España, el Congreso de los diputados condenaba por ver primera el franquismo al tiempo que reconocía moralmente las víctimas de la guerra y del régimen. Con el cambio de milenio, los procesos de memoria colectiva parecen entrar en una nueva dimensión no sólo europea (como decía Judt) sino transnacional.

Pero volvamos de nuevo a la cuestión concreta que nos ocupa. Por lo que se refiere a la elaboración literaria de la memoria de la guerra, con anterioridad (Vilavedra 2006, 2011) he establecido, para el caso gallego, tres categorías memorialísticas, que se corresponderían grosso modo con las tres memorias generacionales que distingue Aróstegui (2006) en el ámbito español: memoria de la identificación o confrontación, memoria de la reconciliación y memoria de la restitución o reparación. Según este estudioso, la primera sería la dominante hasta los 60 tardíos; basada en la vivencia, es la única directa. La segunda, que fue tomando fuerza al final del franquismo y tuvo su plena vigencia en los 70 y 80, es la de los hijos de la guerra. En cuanto a la tercera, muy activa desde mediados de los 90, Aróstegui la califica como una “memoria impregnada de resonancias morales pero también de una cierta coloración de ajuste de cuentas” (Aróstegui, 2006: 89).

Me gustaría ahora avanzar un paso más en esta clasificación y pasar de vertebrarla generacional o cronológicamente a hacerlo discursivamente, esto es, atendiendo a las distintas soluciones que cada una de las modalidades que propondré ofrecen al problema de la gestión y transmisión de la memoria de la guerra por parte de la literatura gallega. Como veremos, estas modalidades encajan con coherencia, aunque sin rigidez, tanto en los ciclos políticos propuestos por Espinosa como en la clasificación genealógica de Aróstegui , si bien este nuevo enfoque nos permite actuar con una mayor flexibilidad e integrar las singularidades propias del “mode of remembering” literario. Veamos que es lo que, a simple vista, nos dice la cronología para el caso gallego.

-Hasta 1980:

En el ámbito social,

Durante la dictadura, el conocimiento de lo ocurrido estuvo oculto y restringido en el ámbito individual o privadamente familiar, soportado en un recuerdo muchas veces penoso, no pocas avergozado y siempre parcializado (Fernández Prieto: 139).

En consecuencia, literariamente, el silencio autoconsciente, hasta entonces predominante, sólo sería roto por un testimonialismo ‘decoroso’7. Como ya he intentando explicar en otro lugar como ese silencio fue adoptado por la sociedad gallega, retomaré aquí dicha argumentación:

como freo á definitiva polarización e desmembración social que do conflito se podía derivar, e que podería ter consecuencias letais nunha sociedade aínda tan pouco vertebrada civilmente. Se as estruturas familares e veciñais seguiron a funcionar foi porque o silencio se converteu na venda coa que se pretendeu curar as feridas. Este silencio prolonga cunha abraiante coherencia temporal a imaxe dunha ‘guerra xorda’, pertinente definición que o historiador Ramón Villares ten proposto nalgunha ocasión, e pode ser tamén interpretado á luz das particularidades da represión en Galicia, que teñen moito que ver coa illada posición xeoestratéxica do país. Este illamento sería a causa profunda dunha mentalidade colectiva que interiorizaría a pasividade social e a autocensura como estrtaexias defensivas, o que contribúe a explicar o enorme atraso e a cautela con que o tema se foi facendo presente no discurso literario. (Vilavedra, 2010: 240).

-Década de los 80 y comienzos de los 90:

La década de los 80 es la de la canonización del tema. Por una parte, por ser abordado por algunos autores indiscutiblemente canónicos como Carlos Casares; por otra, por su recurrente presencia entre los textos ganadores del importante Premio Xerais de novela8, lo cual le garantizaba a esas obras no sólo prestigio sino también difusión. Es en este nomento cuando el tema dejaría de ser tabú, gracias también -en buena medida- a las numerosas investigaciones y publicaciones (periodísticas o eruditas) sobre la cuestión que empiezan a aparecer.

-Desde 1996:

Si, como dice Fernández Prieto (2009: 139), “la memoria de la guerra Civil y del franquismo pasa de la memoria de las familias al debate social”, en el ámbito literario aumenta exponencialmente el número de novelas sobre el tema, y se diversifica su temática. Sin ánimo de exhaustividad, podemos citar las más reconocidas: ¿Que me queres amor? de Manuel Rivas (1996), O lapis do carpinteiro de Manuel Rivas (1998), Pensa nao de Anxo Angueira (1999), Expediente Artieda de Luís Rei Núñez e As rulas de Bakunin de Antón Riveiro Coello (ambas de 2000), Intramundi de Carlos Reigosa (2002), Entre fronteiras de Xavier Alcalá e Os últimos fuxidos de Xosé Fernández Ferreiro (ambas de 2004), Os libros arden mal de Manuel Rivas (2006), A noite branca de Francisco Fernández Naval (2012) ou A vitoria do perdedor de Carlos Reigosa (2013).

Como ya he dicho, podemos formular la hipótesis de que las diferentes soluciones que la literatura gallega le ha ido dando a la elaboración literaria de la memoria de la guerra parecen interaccionar con cierta coherencia con los ciclos generacionales e histórico-políticos. Un análisis más pormenorizado nos permitirá verificar esa interacción y comprenderla en su singularidad.

Para empezar, recuperemos algunas de nuestras anteriores reflexiones sobre las funciones de la memoria y del silencio. Entender la memoria colectiva como un relato compartido de acontecimientos socialmente significativos del pasado del grupo permite dar cuenta también de los silencios de ese pasado, silencios que se producen a lo largo de un período más o menos extenso durante el cual los supervivientes asimilan su experiencia, la integran en su relato autobiográfico y pueden entonces comunicarla y compartirla. La construcción social del relato depende entonces de como se desarrolle la integración del suceso traumático en la experiencia de los individuos vencedores y de los vencidos (Juliá, 1999: 42) y que enseguida erige el mito de la reconciliación “como un relato que daba sentido al futuro” (op. cit.: 51) pero que implicaba el olvido del pasado como requisito para liquidar en la conciencia colectiva el mito de las dos Españas (ibidem). El silencio se revelaba entonces no como una actitud defensiva (tal y como había sucedido en toda la primera posguerra) sino como una estrategia apropiada para conseguir elaborar una memoria social, esto es, común, de la que quedarían al margen todos aquellos elementos que pudieran obstaculizar esa reconciliación. La apuesta de esos “hijos” por esta fórmula es clara y obstinada.

En el caso gallego, esa memoria negada, por utilizar la terminología de Espinosa, se refugia entonces en el exilio9. La cronología editorial puede resultar engañosa pues casi todos estos textos, con la excepción de Non agardei por ninguén de Ramón de Valenzuela (publicado en 1957 en la bonaerense Editorial Citania), aparecen -además de en Argentina- muy tardíamente, quizá por el afán de sus autores de darlos a conocer en lo que ellos entendían era su ámbito natural de difusión, y que se vería frustrado por la censura o quizá por las dificultades de los propios escritores a la hora de enfrentarse con su pasado traumático. La voluntad de recuperar ese patrimonio literario como parte de la memoria colectiva queda muy claramente demostrada por el hecho de que, ya en democracia, todas estas obras se reeditan en Galicia en la segunda mitad de la década de los 80.

Lo problemática que resultaba esta primera tentativa de abordaje literario de la memoria resulta constatable no sólo en el desarraigo editorial de las novelas, o en su tardía cronología (que provocó que no llegasen a muchos lectores potencialmente interesados en el tema, coetáneos de los hechos narrados y que en los 70 ya habían muerto) sino también en la propia configuración discursiva de los textos. Estos se caracterizan por una reiterada preferencia por las fórmulas semi-testimoniales o auto-ficcionales, como ya he demostrado en otras ocasiones (vid. Vilavedra 2006, 2011): las citadas son todas obras que ficcionalizan la propia experiencia vital de sus autores pero sin cuestionarla en absoluto, de ahí que las consideremos como actos de carácter filiativo. Como ha explicado Baer en relación a la literatura sobre la Shoah, el empleo de un género “sobrio, serio, discreto, vinculado a una noción convencional de verdad y realidad” (2006: 107) como sería el testimonial, ofrece una alternativa segura frente a los posibles excesos de la estetización y a los problemas que plantean los límites de la representación, ante los cuales el testimonio se presenta como una salida productiva e investida de una imprescindible (más aún en aquellos primeros abordajes del asunto) legitimidad. Este argumento es, en mi opinión, plenamente válido para el caso gallego en esta primera etapa. En este sentido, es muy importante insistir en el hecho de que todos los ejemplos citados son obras de autores exiliados: la problemática adscripción ‘nacional’ y, por tanto, historiográfica de esas obras reproduce con plena coherencia las contradicciones y aporías de la integración de la experiencia del exilio en la memoria colectiva. Esa misma condición de exiliados explica también la ansiedad filiativa de sus autores, manifiesta en la fórmula narrativa escogida, que deja en evidencia el vínculo autorial (ideológico y biográfico) con lo narrado.

Los hijos de la reconciliación auspiciada a partir de los 50 la materializarán literariamente por medio de fórmulas mixtas, que implican ya una cierta distancia respecto a la verdad histórica y que se asumen como radicalmente ficcionales, aunque en muchísimos casos el punto de partida del argumento, o alguno de sus elementos, sea un hecho real; en estos casos, la diferencia respecto a las obras anteriores viene dada, sobre todo, por la relación con lo narrado: el autor pasa de ser protagonista activo (aunque sea convertido en narrador o personaje de una historia convertida en ficción) a testigo vicario que reelabora con plena libertad unos hechos que le fueron narrados, muchas veces en segunda o tercera instancia. Es el caso de Os mortos daquel verán (1987) de Carlos Casares, de Agosto do 36 (1991) de X. Fernández Ferreiro y de O bosque das antas (1988) de F. Fernández Naval. Este nuevo enfoque supone una cierta desinhibición y una menor solemnidad en el abordaje del tema: el resultado es una serie de textos desprovistos de pretensiones catárticas o terapéuticas aunque no por ello menos eficaces a la hora de suscitar empatía en el público (de ahí que los consideremos ahora sobre todo desde la perspectiva de su utilidad como parte de una más amplia estrategia reconciliativa) ni menos ambiciosos en su configuración discursiva, una vez que los autores se sienten liberados de las limitaciones impuestas, como ya se apuntó, por el decoro y la búsqueda de legitimidad representacional que caracterizara las obras de la generación anterior.

El progresivo giro hacia la plena ficcionalización del tema, en detrimento del modelo testimonial o pseudo-testimonial, no sería ajeno al giro epistemológico de la posmodernidad que de alguna forma convertía la historia en otra forma de escritura de ficción, legitimando esta por nivelación con aquella. En un momento en que se presentaba como objetivo prioritario dotar de identidad a grupos o comunidades que carecían de ella, precisamente porque esas identidades-otras resultaban imprescindibles para construir un nuevo sujeto social, la memoria se revelaba para dicha tarea tanto o mejor equipada que la historia (Juliá, 2011: 88) y de ahí ese nuevo memorialismo literario, mucho más abierto, centrífugo y exocéntrico, que cada vez se alimentaría menos de la introspección individual para atender a una diversidad de memorias que se constituía en alternativa ante la tendencia monológica a elaborar UNA memoria pública ortodoxa constituída en legitimadora de UNA determinada política pública de gestión de esa(s) memoria(s).

Así, el aumento numérico de novelas sobre la guerra llevará aparejado un enfoque cada vez más poliédrico. El conflicto se focaliza desde perspectivas más plurales, más ricas en matices pero también más parciales y concretas, con las que resulta complicado establecer una identificación espontanea e inmediata. Muchas novelas se constituyen así en aportaciones a la recuperación de la memoria particular de determinados grupos sociales o ideológicos, como los anarquistas (As rulas de Bakunin, A vitoria do perdedor), la guerrilla (Intramundi, Os últimos fuxidos, los protestantes (Entre fronteiras) o los miembros de la División Azul (A noite branca). El memorialismo afiliativo que ponen en práctica estas novelas demanda una nueva actitud lectora puesto que exigen un esfuerzo voluntario de empatía con una serie de grupos como los citados, con los que nos identificamos no por la genealogía sino por afinidades ideológicas, por solidaridad, admiración, compasión o cualquier otra emoción que pueda suscitar en nosotros, como lectores, ese acto volitivo de afiliación (Faber, 2011: 102-103).

El caso Rivas

Este es el contexto en el que aparecen las obras de Rivas, que marcan un verdadero punto de inflexión en la difusión pública de la memoria de la guerra. Intentaré a continuación comentar brevemente algunas de las razones que, en mi opinión, explican que esas obras hayan llegado a desempeñar una función social tan relevante como expresión sustancial de nuestra memoria cultural, función que cobra su pleno significado en el concreto contexto gallego que acabo de describir.

En primer lugar, con la producción narrativa de Rivas sobre el tema se ha impuesto el protagonismo de lo sentimental, característico de la ficción (frente a lo factual, propio del documental), y especialmente de la ficción rivasiana, lo que ha hecho posible un amplio consenso social sobre el tema, insólito en Galicia hasta 1996. Ese consenso en la recepción no sólo estimularía la producción de novelas sobre la guerra y la posguerra, cuyo número se dispara a partir de 1995, año en que se publica el cuento “A lingua das bolboretas”, sino que facilitaría el abordaje del tema en los debates políticos, preparando el terreno para la posterior adopción de medidas institucionales, como hemos visto. No deja de ser curiosa la coincidencia de la cronología editorial de esta obra de Rivas con la fecha fijada tanto por historiadores como Espinosa o Fernández Prieto (vid. supra) para el inicio del proceso de recuperación de la memoria en el ámbito social. Y no me parece casual que hayan sido las novelas de Manuel Rivas las que suscitaron ese consenso pues ya he reflexionado en otros lugares (Vilavedra, 2007) sobre la eficacia de su producción narrativa como generadora de valencias que codifican una nueva forma, fundamentalmente integradora, de entender la identidad gallega y como es, en mi opinión, esa capacidad semiotizadora lo que explica su éxito de público. Pues bien, a pesar de todo ello, en “A lingua das bolboretas” Rivas consigue, por medio de una serie de elementos diegéticos (fundamentalmente, la adscripción política del padre y del maestro, así como la ambigua posición de la madre de Pardal10), eludir el riesgo de despolitización, deshistorización y descontextualización del acontecimiento histórico, consiguiendo un singular equilibrio entre la dimensión política y la emocional, puesto que la ficción le permite explorar “de manera particularmente reveladora y perturbadora los aspectos afectivos o emocionales de la experiencia y la comprensión“ (LaCapra, 2006: 179-180).

Por lo que se refiere a O lapis do carpinteiro, el éxito de Rivas se debe, sobre todo, en primer lugar a la ambigüedad fenomenológica de los materiales narrativos que emplea y que van del testimonio ficcional (proporcionado por Da Barca al periodista) a la verdade empírica de la historia del médico Francisco Comesaña, que inspira el argumento de la novela en el que hay grandes coincidencias con lo que fue su vida real11. Pero la clave está en el personaje de Herbal y su particular vivencia de los hechos, que podríamos calificar como ‘fantasmal’, y no podemos dejar de recordar ahora la propuesta de Jo Labany de interpretar este tipo de fantasmas como las huellas de los que a lo largo de la historia no han podido dejar su propia huella, esto es, los perdedores y víctimas: por medio de las vivencias de Herbal, Rivas nos propone explorar en clave ficcional y como decía LaCapra, “otras formas de experiencia posibles”. En este sentido, y a pesar de la fractura enunciativa (o quizá precisamente por ello) que se produce tras el primer capítulo12, la novela puede interpretarse como una inteligente solución al problema de los límites del testimonio planteado ya por Primo Levi y, aunque de manera diferente, por Claude Lanzmann. Al desplazarse la función narrativa de Da Barca a Herbal, y al introducirse el plano de lo sobrenatural por medio del lápiz, lo narrado alcanza una proyección espiritual que no tendría si el texto se articulase dentro del paradigma testimonial que el arranque de la novela parece plantear. El valor moral del acto afiliativo que O lapis nos inspira es aún más elevado si tenemos en cuenta la dificultad que supone identificarnos con Herbal y el rechazo que nos producen su profesión y sus actos. La empatía que acabamos sintiendo por Herbal es la que, en un plano más amplio, hace posible la integración social de la otredad y, para Labrador, lo que convierte a la novela en una metáfora de la integración “del otro politico-nacional” que construye “una nueva versión del relato de la concordia fundacional de la Transición” (2011: 129) y demuestra la posibilidad de clausurar el conflicto.

No me parece exagerado afirmar que Rivas ha conseguido aprovechar a fondo las posibilidades catárticas y pedagógicas del tema sin sucumbir al binarismo diegético, axiológico e incluso moral que amenaza siempre a su tratamiento. El perturbador final de “A lingua das bolboretas” o la desconcertante conducta de Herbal resultan altamente reveladores de la ambigua naturaleza de la condición humana y, por eso mismo, nos permiten entender mucho mejor como pudo ser posible la guerra que las estadísticas, cifras y datos que nos proporcionan los historiadores. Por otra parte, con su retorno reiterado al tema, Rivas ha permitido que se proyectase sobre el su propio estatuto canónico autorial, rescatándolo así de una cierta marginalidad o ex-centricidad. Habrá en algún momento que valorar el coste que esto ha tenido para el escritor, tanto en términos pragmáticos (determinados vetos, silenciamientos o críticas) como por el desafío creativo que en su día supuso huir del encasillamiento y de las expectativas generadas por obras como O lapis do carpinteiro o “A lingua das bolboretas”.

Como ya he intentado demostrar (Vilavedra, 2015), la cada vez mayor complejidad que, desde el punto de vista de la construcción narrativa, presentan los textos rivasianos es consecuencia de una evolución desde el modo vivencial al que se ajusta con el cuento “A lingua das bolboretas” hasta la contestataria ruptura del horizonte de expectativas de su público que supuso Os libros arden mal, pasando por la propuesta reconstructiva de O lapis do carpinteiro. Las etapas de esta evolución han sido pautadas por la elección en cada momento del modo narrativo que mejor se ajustaba al grado de autoconciencia que la sociedad gallega había ido desarrollando acerca de la necesidad de resolver la gestión individual y colectiva de la memoria de la guerra y la posguerra : eso es lo que explica la conversión del escritor en eficaz catalizador de esa necesidad. Al mismo tiempo, veremos también como en todos los casos Rivas introduce un elemento de ruptura que hace del texto una herramienta problematizadora del pasado. Dichos modos narrativos (desarrollados en Vilavedra 2015) pueden ser considerados como representativos de diferentes fases evolutivas en el tratamiento del tema que suponen un progresivo avance hacia la autoconciencia (por parte de autores y público) de la responsabilidad que implica la elaboración literaria del pasado, de la complejidad de dicha elaboración, de sus riesgos y consecuencias. En cierta forma, podemos afirmar que esa evolución se produce en paralelo a la de la sociedad que tiene que enfrentarse a otros niveles (político, jurídico, educativo, etc.) con ese pasado. De este modo sus obras pueden ser interpretadas como propuestas reconciliativas pero también como desafíos a nuestra imaginación que nos interrogan sobre que hemos hecho, que estamos haciendo y que podemos hacer con la memoria de ese pasado.

Como conclusión y por todo ello, propongo considerar a Rivas como un ‘emprendedor de la memoria’ (Jelin, 2002: 49) y sus obras como ‘lugares de memoria’ en tanto artefactos culturales de integración social. Ambas consideraciones pretenden reconocer la utilidad de su trabajo artístico en la estimulación del debate público y en el posterior desarrollo y aplicación de las políticas institucionales de la memoria.

El concepto de ‘emprendedor de la memoria’ lo tomo de Elizabeth Jelin, quien a su vez adapta el de ‘moral entrepreneur’ propuesto por Howard Becker. Entendido como un agente social que -muy a menudo sobre la base de sentimientos humanitarios- moviliza sus energías en función de una causa, en este caso la causa de la recuperación de la memoria de las víctimas de la guerra. Según Jelin (2002: 49), “La gestación de una cuestión pública es un proceso que se desarrolla a lo largo del tiempo, y que requiere energía y perseverancia. Tiene que haber alguien que lo promueve, que empuja y dirige sus energías al fin deseado”. Ese ’alguien’ son los emprendendores de memoria como Rivas, que ha sido capaz de hacer de sus obras un punto de cristalización de nuestra memoria colectiva, permitiéndonos establecer una relación de continuidad con un pasado desconocido o percibido como ajeno, y resolviendo de facto, al convertir la guerra en una categoría cultural institucionalizada, el posible problema de las ‘dos memorias’.

 

Notas

1 Juliá (2011: 133-134) cuestiona el valor subversivo de las prácticas culturales en democracia pues, en su opinión, el orden establecido suele convertir esas producciones en productos de consumo. No entraré aquí a discutir esta cuestión, aunque discrepo de la opinión de Juliá sobre este asunto.

2 Recordemos algunos momentos clave de ese proceso. Desde 2004 se comienza a gestionar lo que acabaría siendo la actual Ley de la Memoria Histórica, que saldría aprobada del Parlamento en los últimos días de 2007. En paralelo al debate de la Ley, en algunos ayuntamientos se empezaba ya a reconocer la necesidad de cambiar los nombres de lugares y retirar los símbolos relacionados con la dictatura, y 2006 se declara“año de la memoria”, si bien en Galicia esa declaración se produce ya en verano de 2005 al ser una de las primeras medidas tomadas por el nuevo gobierno de coalición entre socialistas y nacionalistas de izquierdas. En 2008, el juez Garzón pone en marcha la instrucción de un proceso para investigar las víctimas de la guerra y el franquismo

3 También Alain Touraine (2002) reconoce la utilidad de la memoria como herramienta de la construcción del sujeto, y su funcionalidad como vector de futuro. En este sentido, el valor subversivo de la memoria tiene más que ver con el hecho de que “el hilo que conduce del pasado al porvenir protege al actor contra las fuerzas que tienden a moldearlo según las normas y jerarquías dominantes” (2002: 202). Juliá (2011: 88) pone el acento más en su operatividad sincrónica como cimiento de un nuevo sujeto social inclusivo, en el que se integrasen los nuevos grupos que, por su propia condición de derrotados, habían venido careciendo de una identidad propia.

4 Tomo esta idea de Ruiz Torres.

5También Paloma Aguilar (2006: 248-50) considera que hasta ese momento hubo un pacto de no instrumentalización política del pasado que se rompió por cambios en la correlación de fuerzas de las élites parlamentarias, y de sus intereses.

6Le corresponde a los historiadores intentar explicar los motivos del escaso interés del PSOE en promover las prácticas de memoria durante esa etapa. Juliá, por ejemplo, apunta a que esa elusividad pretendía dejar en un segundo plano la propia historia del partido y ocultar tácitamente el protagonismo del PC en la lucha antifranquista (2011: 60).

7 Labrador (2011) introduce someramente el concepto de ‘decoro’ para intentar dilucidar la cuestión de como se puede ficcionalizar un pasado que se concibe como memoria histórica.

8 Vísperas de Claudia, finalista en 1987; O bosque das antas, ganadora en 1988 y Agosto do 36, que lo fue en 1991.

9 En Argentina se publican O silencio redimido (1976) de Silvio Santiago y O siñor Afranio de Antón Alonso Ríos (1979). Un caso aún más curioso es el de Terra coutada de Antonio Fermández Pérez, una novela que se publicó en Vigo en 1990, cuando llevaba unos cuarenta años escrita, con un prólogo firmado por Otero Pedrayo en 1968.

10 Este personaje es ubicable en lo que Cabana (cito por Velasco: 17) ha llamado “zona gris” en la que se practicaban diversas formas de consentimiento más o menos tácito, pero también la complicidad activa de la iglesia católica, y la responsabilidad de los cuadros inferiores de la falange en la represión local.

11 El episodio de la noche de bodas, que sigue rigurosamente los hechos reales, nos demuestra -una vez más- que la realidad siempre supera a la ficción a la hora de sorprendernos.

12 La única forma coherente de restaurar esa fractura es entender que Herbal le cuenta su historia a María da Visitaçao, y esta se la narra al periodista Carlos, convertido en cliente. El lápiz sería el testimonio material de esa transmisión.

 

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