Olivar, vol. 17, nº 25, e008, junio 2016. ISSN 1852-4478
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria


ARTÍCULOS / ARTICLES



Migraciones y exilios gallegos en la Argentina (ss. XVIII-XXI): algunos comentarios a la bibliografía sobre el tema


Ruy Farías

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Universidad Nacional de San Martín
Museo de la Emigración Gallega en la Argentina
Argentina


Cita sugerida: Farias, Ruy (2016). Migraciones y exilios gallegos en la Argentina (ss. XVIII-XXI): algunos comentarios a la bibliografía sobre el tema. En M. R. Lojo (ed.), Galicia en la Argentina: una identidad transatlántica. Olivar, 17 (25), e008. Recuperado de http://www.olivar.fahce.unlp.edu.ar/article/view/OLIe008


Resumen
Históricamente, el gallego ha sido el grupo étnico-regional europeo más numeroso de todos los que llegaron a la Argentina. Desde las obras pioneras de Manuel Castro López, a comienzos del siglo XX, los estudios sobre su presencia en el país recorrieron un largo y fructífero camino. Sin embargo, fue en el transcurso de las últimas décadas cuando se produjo el verdadero “estallido” de las investigaciones dedicadas a la presencia galaica en la margen izquierda del Río de la Plata, verificada en un notable aumento en su cantidad y calidad, así como también en avances, cambios y/o actualizaciones de sus temas, modelos de análisis, metodología y fuentes empleadas. Sobre esa base se sustentan nuestros actuales conocimientos sobre las migraciones y exilios de Galicia a la República austral, dos fenómenos con sus especificidades pero interrelacionados, y que forman una parte esencial del proceso de construcción y/o modernización tanto de la sociedad receptora como de la emisora. El presente artículo constituye un balance de esos estudios, y en él se analizan tanto los temas abordados, las fuentes y métodos empleados, las principales conclusiones alcanzadas y la agenda pendiente.

Palabras clave: Galicia; Argentina; Migraciones; Exilios; Historiografía


Abstract
Galician has been the most numerous European ethnic-regional group of all that have arrived to Argentina. From Manuel Castro López's pioneer work at the beginning of the 20th Century, the scholarship about this collective's presence in Argentina has increased much. However, it wasn't until the last few decades when the literature devoted to the Galician presence to the west of the River of La Plata picked, producing a noteworthy increase in quantity as well as in quality. There has also been an important improvement and change in the topics researched, models of analysis used, methodology and sources employed. Migrations and exiles from Galicia to Argentina are two distinct but interrelated phenomena that constitute a key part of the process of construction and/or modernization of both the society of arrival and the society of origin. Our current knowledge about them is based on these recent studies. This article reflects on this scholarship by focusing on the topics researched, the sources and methods used, the main conclusions and the future agenda.

Keywords: Galicia; Argentina; Migrations; Exiles; Historiography


 

Introducción

Galicia alberga actualmente casi 3.000.000 de personas, pero varios cientos de miles más residen fuera de sus fronteras. Los que lo hacen en América son el remanente de la gran emigración gallega a ultramar durante los siglos XIX y XX, el fenómeno social que más influyó en la vida colectiva del país a lo largo de la Edad Contemporánea. En torno a 2.000.000 de gallegos tomaron el camino del Nuevo Mundo entre 1836 y 1960 para ya no retornar. No obstante, raramente cortaron del todo amarras con la tierra que los vio nacer. De hecho, siempre hubo un trasiego constante de personas y de remesas “materiales” e “inmateriales”, de recursos e ideas. Sin la emigración americana, la Galicia del siglo XX (fundamentalmente en su primer tercio) sería incomprensible. En el gran esfuerzo colectivo que supuso la modernización de su estructura agraria, de impulso industrializador, de expansión urbana, de cambios en la composición social y de fértiles iniciativas culturales, el hecho migratorio estuvo siempre presente1.

Pero si la antigua Suevia no se entiende sin América, la Argentina (particularmente Buenos Aires y su periferia) tampoco se comprende sin la presencia galaica. Entre 1857 y 1962 llegaron al país alrededor de 1.110.000 personas de ese origen, de los que unos 610.000 se radicaron en él de manera definitiva, convirtiéndolo en el principal destino mundial de su emigración y al gallego en el grupo étnico-regional más numeroso entre los que arribaron del Viejo Continente a la República austral (17 % de los inmigrantes europeos)2. A continuación abordaremos algunas de las principales conclusiones de la literatura especializada sobre tan vasta presencia, cuyas consecuencias exceden largamente su de por sí impactante importancia demográfica.

Las investigaciones sobre la presencia gallega en la Argentina

Los estudios migratorios son un campo interdisciplinar en el que confluyen enfoques propios de la historia social y política, la historia económica, la antropología social, la sociología, la demografía, la semiótica, la psicología, la literatura, la lingüística, etc. En el caso concreto de las migraciones entre España y la Argentina, existen satisfactorias explicaciones sobre sus relaciones (demográficas, políticas, económicas, culturales, etc.) en el largo plazo, los factores de salida y las condiciones de transporte entre finales del siglo XIX y el primer tercio del XX, la complementariedad cronológica entre las migraciones tardocoloniales (circa 1750-1810), tempranas, masivas (1880-1930) y la “última oleada” de la segunda posguerra mundial (1946-1960), la forma en la que el patrón de inmigración-adaptación de los nuevos migrantes fue en gran medida condicionado por el de la comunidad ya establecida, la movilización política y social hispana anterior a 1910, el exilio republicano de la Guerra Civil Española, los condicionantes y efectos de la legislación migratoria de ambos países, etc.3

Hasta la última década de la pasada centuria, las referencias básicas en la historia del grupo étnico-regional gallego en la Argentina eran todavía los meritorios trabajos de Castro López (1898-1927), Vilanova Rodríguez (1966), Pérez-Prado (1973), Palmás (1978) y Cupeiro (1989). Sin embargo, fue entonces cuando se produjo un verdadero “estallido” en la cantidad y calidad de las investigaciones desarrolladas, la diversidad de temas y períodos abordados, y el nivel de refinamiento teórico-metodológico alcanzado. De manera muy sintética, pueden contabilizarse estudios dedicados a las migraciones tardocoloniales, tempranas y de la “última oleada” (De Cristóforis, 2009, 2010, 2011), el impacto en tiempos de las migraciones masivas de las remesas “visibles” e “invisibles” y de los “retornados” en sus comunidades de origen (Núñez Seixas, 1998, 2001b; Soutelo Vázquez, 2007), el patrón de asentamiento y la integración socioeconómica del grupo (Castiñeira Castro, Martín García, 1999; Guindani, 1999; Alonso de Rocha, 2001; Farías Iglesias, 2010; Núñez Seixas, 2014: 307-33) y su conducta matrimonial (Farías, 2012). Asimismo, sobre la participación gallega en las instituciones panhispánicas y su propio asociacionismo étnico (Rodríguez Díaz, 2000; Peña Saavedra, 1991; Núñez Seixas, 2000; Díaz, 2007; Fernández, 2010; Cagiao Vila, Peña Saavedra, 2008; Cerdeira Louro, 2010; Farías, 2010a, 2013, 2014, 2015), las características de sus élites, dirigencias y liderazgos (Núñez Seixas, 2014: 115-42, 413-51; Farías, 2011a), el exilio republicano y antifranquista gallego y sus relaciones con los migrantes “económicos” (Núñez Seixas, Cagiao Vila, 2006). Gracias al impulso que en las últimas décadas ganó la historia cultural, existen también consistentes trabajos sobre las imágenes, estereotipos, prejuicios y formas latentes o concretas de xenofobia forjadas en o transplantadas a la sociedad de destino, así como la construcción de imaginarios, símbolos, rituales y conmemoraciones por parte de los mismos migrantes en relación a la sociedad criolla u otros grupos extranjeros (Núñez Seixas, 2002, 2014: 215-40; Lojo, Guidotti de Sánchez, Farías, 2008; Farías, 2010b), el influjo que sobre ellos ejerció el galleguismo (el conjunto de ideologías que, en un amplio arco desde el Regionalismo al Nacionalismo, coinciden en la afirmación de la personalidad y especificidad política y cultural de Galicia), y el desarrollo de una identidad distinta y/u opuesta a la española (Núñez Seixas, 1992, 2015; Farías, 2011b, 2016). Es amplísimo el listado de publicaciones dedicadas a múltiples aspectos culturales y literarios (Axeitos, Seoane, 1994; Alonso Montero, 1995, 2016; Blanco Campaña, 1995; Cirio, 2003, 2009; Cagiao Vila, 2004; Dolinko, 2006; Axeitos et al, 2007; Villares, 2011), los estudios de género (Cagiao Vila, 1997; Liñares Giraut, 2009), o el voto emigrante y otras cuestiones ligadas a la “recuperación” de la ciudadanía española (Lugilde, 2011; Izquierdo Escribano, 2011; Golías Pérez, 2014), etc. Por último, contamos también con incipientes visiones sintéticas de la inmigración galaica en el conjunto del país (Núñez Seixas, 2001a; 2007; Farías, 2010c).

¿Cuáles fueron los resultados más salientes de esta producción? En primer lugar, lejos de los modelos estructurales y holistas que casi no otorgaban capacidad de decisión y margen de elección a los actores individuales, existe hoy un amplio consenso en cuanto a que sólo la unión de los factores macroestructurales y microsociales hicieron posible las migraciones transatlánticas, y que la existencia de redes sociales y cadenas migratorias jugó en ello (y en la conformación de las características básicas de la comunidad emigrada) un rol esencial, influyendo directamente en la naturaleza y composición de los flujos migratorios (Ramella, 1995; Vázquez González, 2015; Devoto, 2000)4. Lejos de los tópicos que atribuían el éxodo masivo de los gallegos a ultramar a su extrema pobreza, y aunque la casuística incluye una enorme diversidad de situaciones, es posible sintetizar los elementos que constituyen el marco general de oportunidades y procesos macroeconómicos y macrosociales que condicionaron a los gallegos a emigrar a la Argentina (Núñez Seixas, Soutelo Vázquez, 2005: 13-21). Ante todo, un “malestar económico” basado en la insuficiencia y las limitaciones de expansión del sector secundario y terciario gallego, y en las restricciones de las capacidades de crecimiento de la agricultura y ganadería tradicionales, a lo que se sumó la ruina de algunas industrias domésticas. Segundo, la existencia de una tradición migratoria en varias regiones del país desde la Edad Moderna. Tercero, la mejora en las condiciones del transporte terrestre y marítimo, y el notable abaratamiento del coste de los pasajes transatlánticos, particularmente a partir de la introducción del vapor. En cuarto lugar, el extraordinario crecimiento económico argentino entre el último tercio del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, esos factores macroestructurales debieron conjugarse con un vasto fenómeno de diseminación popular de la información, que esparció los datos sobre las oportunidades laborales de más allá del océano a través de las redes primarias formadas por millones de hombres y mujeres. A ello debe añadirse la incidencia que coyuntural de factores de naturaleza sociopolítica, como el deseo de huir del servicio militar (particularmente importante en el contexto de la guerra de Marruecos, 1907-1927). Por último, más allá de sus costos personales o familiares (sin duda altísimos en innumerables casos), es preciso no perder de vista el hecho de que la emigración fue en la mayoría de los casos una aventura relativa, no sólo porque para la mayoría de los emigrantes existía, en el caso de fracasar, la posibilidad de regresar a la aldea y la explotación agraria familiar, sino también porque la presencia de “cabezas de puente” en diferentes puntos en destino contribuyó a crear un denso tejido de redes microsociales, una verdadera globalización antes de la globalización.

Esta visión relacional del mundo social permite explicar también otras dos cuestiones: la complementariedad cronológica desde las migraciones tardocoloniales a las de la “última oleada”, sustentada en el decisivo papel de las redes migratorias preexistentes y la reactivación de las “cadenas migratorias dormidas” (Moya, 2004: 410-1), y la forma en que desde finales del siglo XVIII el patrón de inmigración-adaptación de los gallegos se encontró, en buena medida, determinado por el de la comunidad ya establecida. La presencia gallega en el imperio español americano fue escasa en el período colonial. Los nativos de Galicia estuvieron prácticamente ausentes en los viajes colombinos y en las primeras labores de exploración, conquista y evangelización. El país tenía entonces muy pocos contactos con el Nuevo Mundo, y durante los siglos XVI, XVII y la primera mitad del XVIII, su inserción en el sistema colonial español fue sólo indirecta, limitada a una corriente minoritaria de individuos relacionados con las instituciones imperiales (exploradores, militares, funcionarios, eclesiásticos, etc.), alistados a través de la burocracia, y que no puede considerarse migratoria stricto sensu, pues el concepto remite necesariamente a trabajadores libres que ejercitan un acto de voluntad.

Sin embargo, desde mediados del “Siglo de las Luces”, y merced al incremento de las relaciones entre Galicia y el Nuevo Mundo generadas por las transformaciones introducidas en el sistema comercial con América (instauración de los Correos Marítimos entre A Coruña y Montevideo en 1767, y del Reglamento de Libre Comercio en 1778), junto a los desplazamientos anteriores y algunas empresas de colonización promovidas por la Corona española (Senatore, 2007), comenzó a desarrollarse también una emigración gallega popular, libre y espontánea que tuvo como destino prioritario a la ciudad de Buenos Aires, y en la que participó un creciente número de personas relacionadas con el comercio y las actividades privadas (mercaderes, empleados, artesanos, e incluso peones y sirvientes), reclutados a través de redes familiares y de paisanaje. Es probable que ya entonces el galaico fuese el principal grupo ibérico del Río de la Plata, donde podía hallárselos en múltiples poblaciones de lo que hoy es la Argentina, siendo su presencia particularmente notable en la capital virreinal, en la que hacia 1810 eran el 30-40 % de los españoles-europeos.

Eso tuvo hondas repercusiones en los procesos migratorios posteriores. Aunque los contextos bélicos no suelen ser propicios para los desplazamientos humanos, y el comienzo de las guerras revolucionarias afectó negativamente los flujos migratorios gallegos, cortando de cuajo la corriente compuesta por individuos relacionados con las instituciones imperiales, no alcanzó a eliminar por completo aquella otra espontánea e integrada por personas relacionadas con el comercio y las actividades privadas. Los vínculos parentales y de paisanaje sobrevivieron a las nada favorables circunstancias de las guerras de emancipación y los enfrentamientos de los estados provinciales, y cuando a mediados del siglo el orden interno y las condiciones económicas del país mejoraron, el flujo entre Galicia y la Argentina se reanudó.

Por esos mismos años comenzaba la emigración masiva de los gallegos a América, aunque la misma alcanzó sus volúmenes máximos hasta 1880-1930. Fue un fenómeno intensamente relacionado con la sociedad de partida, por ser Galicia un país de pequeña propiedad y por las características de la población emigrante: altas tasas de masculinidad (aunque la participación femenina –en particular las corrientes que tomaron el camino de la Argentina– fue en aumento desde la guerra de 1914), elevado índice de retorno, abundante emigración temporal e intensa devolución de recursos a su tierra de origen, sea en forma de remesas monetarias o de acciones culturales y políticas. Por lo demás, lejos de ser los más pobres del país, entre los migrantes se encontraban sobrerrepresentados los sectores menos desfavorecidos del campesinado.

Alrededor de 1.000.000 de gallegos arribaron a la Argentina entre 1857 y 1930, fundamentalmente de 1904 a 1913, cuando el comienzo de la Gran Guerra supuso una drástica disminución de los flujos. Aunque en el decenio posterior a la contienda se produjo una moderada tendencia al alza (moderada en relación con los espectaculares volúmenes precedentes), la crisis económica desatada a finales de la década de 1920 produjo una nueva e importante caída. A ello se sumaron las medidas que entre 1930 y 1932 el Estado argentino introdujo para restringir la llegada de nuevos migrantes. Y cuando a mediados de la década el país empezó a superar la crisis económica, y asistía a una cierta reactivación de la corriente migratoria galaica, el encadenamiento de la guerra civil de 1936 y el segundo conflicto bélico mundial paralizó por completo los flujos.

No obstante, la guerra española generó uno nuevo, cuantitativa y cualitativamente distinto a los precedentes: el de los exiliados republicanos. En el caso particular de los gallegos, las redes microsociales preexistentes hicieron que muchos dispusieran de conocidos, familiares o amigos en la Argentina, quienes suministraron una relativa disponibilidad de información y de recursos y, en numerosos casos, el auxilio necesario para alcanzar su destino por vías legales o ilegales, “saltando” las cada vez más restrictivas medidas del conservador y pro-franquista gobierno argentino. Así, el país acabó por acoger, entre otros personajes casi desconocidos o anónimos, a gran parte de la intelectualidad gallega, de su clase política y de sus artistas más renombrados. Ellos, con Alfonso Daniel Rodríguez Castelao (1886-1950) y Luís Seoane (1910-1979) a la cabeza, lo convirtieron en el principal destino americano del exilio galaico, donde los galleguistas articularon organizaciones propias y en 1944 constituyeron el Consello de Galiza, entidad con la que buscaron equipararse al Gobierno vasco o la Generalitat catalana del exilio.

A partir de 1946, y nuevamente sobre la base de las redes migratorias preexistentes, se produjo un breve renacer de las corrientes migratorias. Aunque esta “última oleada” no alcanzó las cifras del primer tercio del siglo, la conjunción de la buena situación de la económica local durante los primeros años peronistas, la paupérrima realidad gallega, la perdurabilidad del país rioplatense como tierra de promisión en el imaginario colectivo gallego, la omnipresente actuación de las redes microsociales y la naturaleza represiva del régimen franquista, hicieron que la Argentina volviese a ser por unos pocos años el principal destino americano de la emigración gallega. Hasta 1962, no menos de 110.288 personas de ese origen arribaron al país, la mayoría de mediana edad y que emigraban en busca de trabajo. Aunque continuó el predominio masculino dentro de los flujos, la participación femenina fue más elevada que nunca debido, básicamente, a que un alto número de mujeres protagonizaron un amplio movimiento de reagrupamiento familiar que, a su vez, explica el incremento del número de casados, viudos, niños y ancianos.

Las investigaciones en torno a la integración del grupo ahondaron en los indicadores clásicos de lo que se ha denominado la “asimilación social informal” (Gordon, 1964). Partiendo de la suposición de que con quién se casa una persona, dónde elige vivir y en qué tipo de instituciones canaliza su sociabilidad dice mucho acerca de su grado de inserción en la sociedad receptora, se puso el foco de atención en los patrones de asentamiento, pautas matrimoniales y participación en asociaciones voluntarias, ítems a los que se añadió la inserción socioprofesional.

Respecto al primero, resulta evidente la tendencia a radicarse en las ciudades y otros núcleos urbanos menores. La notable concentración en la ciudad de Buenos Aires y alrededores hizo que, durante buena parte del siglo XX, aquella fuese la más grande metrópoli gallega del orbe5. Pero pese a constituir algo más de la mitad de la inmigración hispana en la Argentina, el porcentaje de gallegos residentes en otras ciudades importantes del interior se situó muy por debajo del caso porteño, y disminuyó a veces de modo aún más pronunciado entre los españoles asentados en zonas rurales y dedicados a la agricultura o la ganadería. Con todo, las huellas de los gallegos pueden encontrarse en muchos puntos del dilatado territorio argentino. La primera expansión de la actividad productiva agrícola y pecuaria de la provincia de Buenos Aires (1840-1880), en las tierras que paulatinamente se iban incorporando al control del Estado, conoció una participación significativa de pioneros de ese origen, que incluyó a personajes célebres como el ourensano Ramón Santamarina Valcárcel (1827-1904), radicado en Tandil y en su día uno de los más poderosos terratenientes del país (Reguera, 2006). Ya en el siglo XX, puede hallárselos en número significativo en ciudades grandes (Rosario), intermedias (Mar del Plata u Olavarría), en pueblos del Litoral pampeano (Lobos), etc. Asimismo, está comprobada su presencia –siquiera tenue– en la producción agrícola en zonas pampeanas de tardía ocupación (Tres Arroyos, Rancúl, Guatraché), y en sitios tan distantes como la Aldea Beleiro (Chubut), Comodoro Rivadavia, Río Gallegos o Ushuaia. Quienes llegaron al país después de 1946 prolongaron ese patrón de asentamiento, instalándose mayoritariamente en ámbitos urbanos y semiurbanos6.

El hecho de que desarrollasen un patrón de asentamiento tan marcadamente urbano tuvo relación, a su vez, con el tipo de inserción socioprofesional y la estrategia migratoria del grupo. En forma mayoritaria, los gallegos concebían su estancia en la Argentina como algo temporal. Dado que la posibilidad de retornar a la tierra de origen solía estar en sus planes, era más lógico intentar el ascenso social (o al menos una fuerte acumulación de ahorros) en el medio urbano que en el campo, donde la adquisición de una propiedad constituía un claro indicador del deseo de permanencia. Eso, sumado al accionar de las omnipresentes redes sociales, hizo que su integración económica se verificase mayoritariamente en el sector de los servicios urbanos, en puestos de baja y media calificación, particularmente dentro del pequeño comercio urbano y semiurbano. Sin embargo, a medida que su presencia en el país aumentaba, se produjo también una diversificación de su espectro ocupacional. Hacer una cuantificación pormenorizada de sus oficios y ocupaciones resulta prácticamente imposible, pero puede apuntarse que en el medio urbano fueron muy numerosos entre los carreteros, cocheros, aguateros, faroleros y serenos, mozos de café y de restaurante, propietarios y empleados de comercios en general, carboneros, chóferes de vehículos particulares y taxis, conductores o guardas de tranvías, colectivos o ferrocarriles (donde también fueron limpiadores o foguistas), dueños de carros o camiones de mudanzas, fruteros y pescaderos ambulantes, barrenderos, zapateros, carpinteros, afiladores y paragüeros, changadores, peones de barracas y estibadores portuarios, obreros de frigoríficos, curtiembres y otras industrias, empleados de la administración pública en general, etc. En algunos rubros y actividades alcanzaron un peso tan grande, que sus sindicatos eran regidos de modo recurrente por ellos.

Al adentrarnos en las zonas rurales de la provincia de Buenos Aires, el interior pampeano o la inmensidad patagónica, puede hallárselos entre los dueños de pulperías y almacenes de ramos generales, jornaleros, peones, arrendatarios de tierras, viticultores, pastores de ovejas, carpinteros, herreros, sastres, fabricantes de ladrillos, acopiadores, carreteros, empleados de ferrocarril, obreros portuarios o de las compañías mineras y petrolíferas de la Patagonia, tripulantes en los buques mercantes de bandera argentina, guardiacárceles en el penal de Ushuaia, etc. Las mujeres, con un espectro laboral más acotado, desempeñaron una serie de oficios característicos, entre los que figuraban (sobre todo a partir de la primera década del siglo XX) el de criadas domésticas, cocineras o amas de cría. Pero tampoco faltaron las enfermeras y, sobre todo en algunas zonas periféricas a la capital argentina, las empleadas en el sector secundario de la economía, particularmente en ramos donde el trabajo era a destajo, como la elaboración y empaquetado del tabaco, alimentación, vestido o la industria fosforera. Muchas, además, agregaron a su trabajo en el hogar tareas por lo general “invisibles” para las fuentes oficiales argentinas, como ser costureras, planchadoras, lavanderas, etc.

Por otra parte, ya desde mediados del siglo XIX existió una élite gallega formada por personas nacidas en las provincias de A Coruña y Pontevedra, llegadas con anterioridad a la gran oleada inmigratoria galaica y que hicieron la carrera comercial partiendo desde la base (como empleados o dependientes, a menudo en negocios de parientes o coterráneos), vinculándose a sectores de rápida expansión desde la década de 1880, como el comercio de exportación e importación. Gracias a ello, ascendieron a la categoría de propietarios, socios o gerentes de grandes y medianas empresas, para más tarde diversificar inversiones en la banca, las industrias de transformación o de bienes de consumo, o las compañías de seguros. A ellos se añadía una franja de profesionales e intelectuales liberales (en particular médicos, abogados, escribanos y procuradores), buena parte de los cuales emigró provisto de una formación de bachillerato superior o eclesiástico, cuando no algún tipo de peritaje comercial. Más de uno poseía carrera universitaria y una cierta experiencia profesional, y había optado por el camino de la emigración para probar fortuna en la Argentina, donde varios se dedicaron al periodismo y se convirtieron en líderes de la colectividad gallega y española.

Además de participar en gran número en las sociedades de inmigrantes españoles genéricas de ayuda mutua (en las que solían ser una mayoría de sus dirigentes y afiliados), los gallegos desarrollaron prácticamente todas las posibilidades del asociacionismo étnico, combinando la procedencia geográfica (regional, provincial, local, comarcal o parroquial) con los objetivos específicos que cada una perseguía (mutualistas médicas, beneficencia, culturales, recreativas, deportivas, políticas, etc.), que en muchas ocasiones eran múltiples. Aunque el mismo tiene precedentes en el período tardocolonial, su eclosión coincide con el comienzo de la inmigración masiva, en las últimas dos décadas del siglo XIX. En 1907 surgió el Centro Gallego de Buenos Aires, que pocos años después comenzó un imparable crecimiento institucional, convirtiéndose a partir de la década de 1930 en la entidad mutual más grande de la América hispana. Junto a él brotaron también a lo largo de las siguientes décadas varias sociedades regionales (asilos, centros culturales, políticos, etc.), y un centro por cada una de las provincias gallegas (a comienzos de la década de 1980 se unirían en el actual Centro Galicia de Buenos Aires).

Pero si algo distinguió al asociacionismo galaico fue la aparición de una pléyade de entidades de tipo microterritorial (no menos de 327 en la capital entre 1904 y 1936, y 476 para el conjunto del país de 1901 a 1933), que reproducían como marco de referencia ámbitos territoriales de relación e interacción inferiores a la región: la comarca, el municipio o, incluso, la parroquia. Fueron verdaderos ámbitos de relación y recreación del espacio social del que sus miembros procedían, y que al intentar reproducir pautas y mantener costumbres de la propia sociedad de origen se constituyeron en los mecanismos más visibles de expresión de la identidad del grupo. En el caso particular de las mujeres este tipo de espacios tuvieron una importancia superlativa, dado que representó para muchas casi el único lugar de contacto externo donde entablar relaciones personales, lo que incidió en su conducta matrimonial altamente endogámica (superior a la masculina), sobre todo mientras no se produjo su incorporación a otro tipo de trabajos.

Precisamente, algunos trabajos elaborados a partir de las Actas de Matrimonio labradas por los registros civiles argentinos en el período de la inmigración masiva, muestran que no sólo existió en la primera generación inmigrante una fuerte propensión a la endogamia étnico-regional, sino que la misma podía ser incluso considerablemente más alta que la del resto de los migrantes peninsulares. Sin embargo, también que ello sólo fue posible donde se combinaron un stock considerable, flujos constantes, importante concentración espacial, pertenencia mayoritaria a un estrato social semejante y ámbitos de sociabilidad propios, lo que no ocurría en toda la Argentina (ni barrios de Buenos Aires y sus alrededores).

Volviendo a las instituciones, como ya señaláramos, los emigrantes gallegos raramente cortaron del todo amarras con tierra que los vio nacer. Hasta 1930/1936, además de proporcionar un ámbito de sociabilidad y ayuda mutua, muchas incluyeron también la coordinación de esfuerzos para llevar a cabo iniciativas en favor de su solar, lo que se plasmó básicamente en el terreno de la promoción de la educación o instrucción a través de la fundación o dotación de cientos de establecimientos educativos. El objetivo implícito era contribuir a la “regeneración” individual del campesino, haciéndolo consciente de sus derechos y capaz de luchar por su emancipación a través de la acción colectiva (Núñez Seixas, 2000). Por ello mismo, fue también muy importante el apoyo de esas sociedades a la lucha anticaciquil y a los sindicatos agrícolas de Galicia.

La llegada de las primeras noticias del comienzo de la guerra de 1936 provocó una importante transformación del tejido asociativo gallego, pues obligó al posicionamiento de las diferentes sociedades étnicas a favor o en contra de los bandos enfrentados. Mientras las grandes instituciones de carácter panhispánico se alinearon con el bando insurgente, las pequeñas entidades comarcales o locales gallegas mantuvieron, en general, su fidelidad al bando republicano. Muchas participaron del amplio movimiento de solidaridad con el gobierno legítimo de España, los exiliados y refugiados republicanos. Sin embargo, a partir de 1939 la situación política española limitó severamente su actuación a favor de sus comunidades locales de origen, circunscribiéndola casi siempre al campo de la beneficencia.

Esas condiciones imperantes en Galicia, donde los intelectuales galleguistas y republicanos que no estaban muertos o presos sufrían vigilancia por parte de la policía del régimen, y las principales instituciones culturales habían sido desmanteladas, destruidas o, en el mejor de los casos, intervenidas, determinaron que hasta 1950 apenas se publicasen libros en idioma vernáculo. Sin embargo, durante la quinta y sexta décadas del siglo la capital de la Galicia libre fue también la de su cultura, gracias a la labor que en ella desenvolvieron los exiliados junto a algunos residentes establecidos en el país antes de julio de 1936, y también otros intelectuales gallegos que abandonaron su tierra por razones políticas tras la reapertura de la emigración legal (1946), escritores argentinos que escribieron en la lengua galaica o apoyaron ciertas reivindicaciones galleguistas, y jóvenes educados en la Galicia franquista que se hicieron escritores al entrar en contacto con el tejido cultural galaico-porteño. Ellos, junto a otras figuras que descollaron en las artes plásticas, la prensa, la radiofonía, el teatro, etc., hicieron de Buenos Aires la verdadera “Atenas de Galicia” durante el primer franquismo y la década de 1950, protagonizando uno de los más grandes capítulos de las letras, el pensamiento y el arte de aquel rincón del noroeste hispánico7. En relación con lo anterior, han aparecido también trabajos que buscan abordar las relaciones establecidas (sea en el ámbito particular, sea en el público o el étnico) entre los exiliados republicanos y los inmigrantes económicos, cuyas formas de sociabilidad, vida económica, etc. distaron de constituir universos paralelos.

Se ha avanzado también en la descripción y el análisis de las dinámicas sociales y empresas culturales (la prensa y radio étnica, el teatro gallego –popular o culto–, la literatura gallega escrita y/o publicada en Buenos Aires, etc.) que encarnan los rasgos y dinámicas de la identidad –o identidades– de los gallegos emigrados o exiliados en la Argentina. Sin embargo, aún son muchas las dudas respecto a la adscripción de unos individuos sometidos a la acción simultánea de diferentes discursos. Valga como ejemplo lo sucedido con la lengua. Durante el primer tercio del siglo XX, y a pesar de los fuertes prejuicios que rodeaban a su empleo público y en ámbitos “formales”, el idioma gallego continuó vivo en el seno de la comunidad emigrada. Al mismo tiempo, comenzaron a desplegarse una serie de iniciativas periodísticas, radiales, teatrales y editoriales, que ganaron un ímpetu inusitado tras el comienzo de la guerra de 1936, reafirmando su viabilidad como vehículo de expresión culta. Sin embargo, desconocemos cuanto de esa ingente producción fue consumida –y de qué modo– por la comunidad residente en el país. Por otra parte, la última “oleada migratoria”, tendencialmente más consustanciada que la precedente, debido al rodillo cultural castellanizante y la propaganda impuestas por el franquismo, con el autoodio hacia una lengua estigmatizada como propia de campesinos pobres e ignorantes, hizo gala de una conducta diglósica evidente (Gugenberger, 2001). Aunque no resulta lícito establecer una relación de causalidad automática entre el hecho de abandonar u ocultar uno o varios aspectos característicos del modo de vida originario (en este caso el idioma), y la pérdida de la filiación étnica, resulta indudable que quienes optan por ello se privan de uno de los elementos más poderosos de autoafirmación de cualquier grupo humano. En definitiva,la dialéctica entre traslación de identidades desde el país de origen y construcción de otras nuevas en el de recepción es compleja, y entre los gallegos en la Argentina (o cuando menos en el marco de la colectividad), habrían coexistido una mezcla de aquellas, jerarquizadas y no necesariamente contradictorias o excluyentes entre sí: una primera esfera de identificación sería la patria chica, identificada con Galicia en su conjunto o con la parroquia de origen en particular; la segunda sería España; y una tercera esfera, la argentina, tanto más fuerte cuanto más largo era el tiempo de residencia en el país receptor y mayores los vínculos establecidos con su sociedad. En cualquier caso, la exaltación de la patria local no siempre iba unida a la exclusión del sentimiento de pertenencia a la española (Núñez Seixas, 2014: 241-74).

Por último, el vasto proceso migratorio galaico en la Argentina, con su convivencia y conflicto de diversas colectividades inmigrantes (entre sí y en relación con la sociedad receptora), demostró ser un terreno privilegiado para observar cómo surgieron, mutaron y evolucionaron las imágenes colectivas a propósito de los naturales de Galicia. El gallego almacenero, dependiente, portero o –en el caso femenino– la empleada en el servicio doméstico, con una pobre o nula educación formal, etc., forman parte del imaginario argentino y, como corresponde a cualquier estereotipo, poseen un anclaje con la realidad de niveles variables. Pero no dejan de ser un pobre y distorsionado reflejo de la multifacética realidad socioeconómica del grupo.

Metodologías, fuentes y agenda pendiente

¿Cómo han sido construidos los trabajos citados?, ¿cuáles han sido sus presupuestos teórico-metodológicos, las fuentes empleadas, etc.? Abordaremos en primer lugar el tema de las escalas de observación empleadas. A menudo se pasa por alto la necesidad de reflexionar sobre los pro y los contra de la escala elegida (nacional, regional o micro). Hace ya casi 30 años, Sánchez-Albornoz explicaba el problema con meridiana claridad:

Mirada a distancia, la migración transatlántica involucra dos continentes enteros; desde más cerca, vincula áreas: Gran Bretaña o Escandinavia con Norteamérica, España con Iberoamérica...; a la corta, en realidad, conecta entre sí regiones: Canarias con Cuba o Galicia con Buenos Aires; a la lupa, la migración enlaza comarcas, pueblos o incluso barrios. Cualquier óptica es válida. Depende del problema y del argumento. (Sánchez-Albornoz, 1988: 20)

Vale decir que el de la elección no es un problema de legitimidad epistemológica sino de funcionalidad explicativa, inherente al tipo de preguntas que queramos responder. Las medias nacionales casi siempre constituyen meras ficciones estadísticas, ocultando las a menudo radicales diferencias que las subyacen. El enfoque regional, en cambio, refleja mejor los ciclos y densidades migratorias diferenciadas y persistentes en el tiempo (Grendi, 1996; Devoto, 1996, 1997). Su ventaja radica en la posibilidad de tomar en consideración la mayor cantidad de variables en un ámbito espacial manejable, de modo de estudiar mejor tanto la multiplicidad de factores que intervienen en el fenómeno migratorio, y también los aspectos económicos, sociales, políticos, culturales, etc. de la integración en la sociedad de acogida. Consecuentemente, los flujos migratorios deben desagregarse al máximo posible. Sin embargo, una regionalización acrítica conlleva el riesgo de caer en una especie de “rompecabezas” temático, un mosaico en el que se da preferencia a operar por acumulación de conocimientos obtenidos a través de estudios de caso. Por ende, el desafío es producir una recomposición del puzzle en una síntesis que, superando la necesaria parcelación metodológica, alcance una comprensión global del proceso de inmigración e integración. Las mejores investigaciones son, así, las que operan con una escala de observación que combina las miradas macro y micro.

En segundo lugar, la comprensión de la realidad del grupo migrante exigió responder primero (o al menos intentarlo) una serie de cuestiones básicas que, a su vez, requirieron de una base empírica cuantitativa y suficientemente representativa. Claro que inmediatamente se hicieron evidentes los problemas para cuantificar el fenómeno. Como señalara De Cristóforis (2008) en referencia al período de la segunda posguerra, junto a las dificultades para determinar el número exacto de inmigrantes hispanos debido a las diferencias entre las estadísticas españolas y las argentinas (las primeras no discriminan a los migrantes por país de destino, mientras que las segundas no especifican la procedencia regional de los españoles desembarcados en Buenos Aires), coexiste el problema de la distinción en la composición étnico-regional o provincial de los flujos y sus variables ritmos de llegada, aunque ello va camino a solucionarse al compás de la progresiva digitalización de los Libros de Desembarco del puerto de Buenos Aires por parte del Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos, y la consiguiente ampliación de su base de datos, que ya abarca buena parte de la década de 1950.

Persisten también las limitaciones para la elaboración de miradas de conjunto sobre la integración de los migrantes debido, principalmente, a la carencia de documentación estadística o nominativa apropiada. La inexistencia de cédulas censales correspondientes a los censos nacionales de población argentinos posteriores a 1895, la excesiva agregación de datos en los resúmenes de aquellos publicados tras el recuento de 1914, la parquedad de las fuentes migratorias del país (que no suelen incluir datos del lugar de asentamiento del migrante o de su ocupación), o la imposibilidad actual de utilizar el Registro de Matrícula del Consulado General de España en Buenos Aires8, imponen serias limitaciones a quienes pretenden abordar las características básicas de la presencia gallega en el país mediante la elaboración de amplias y confiables bases de datos. Así, muchas veces nuestro conocimiento se ve constreñido (y a veces distorsionado) por los datos obtenidos a partir de la documentación de las asociaciones voluntarias étnicas, los informes consulares, o las imágenes y estereotipos sobre los migrantes galaicos.

Pero eso no debe llevarnos a caer en el desasosiego. Si bien ganaríamos mucho admitiendo abiertamente las limitaciones de nuestras fuentes, no por ello debe ignorarse lo que se ha avanzado en la comprensión de las características básicas de la integración del grupo gracias al uso de otras de tipo nominativo (y susceptibles de ser utilizadas, además, de forma no-nominativa). Por caso, las Actas de Matrimonio han probado ser (al menos hasta mediados de la década de 1930) idóneas para realizar aproximaciones confiables a los niveles de endogamia / exogamia de los migrantes (entendida, claro, en el lábil sentido que los historiadores damos al término), sus patrones residenciales e incluso a la inserción socioprofesional, aunque respecto de la última la calidad de la información se resiente (al igual que sucede con los censos de población, el dato suele ser bastante genérico y en el caso femenino generalmente inexistente). Del mismo modo, aunque más difíciles de hallar, los archivos de empresas también han demostrado su utilidad (Ceva, 1995; Lobato, 2004; Farías Iglesias, 2010: 645-68).

Sin pretender agotarlas, pueden contabilizarse, por un lado, las estadísticas agregadas de los censos argentinos de población (nacionales, provinciales y municipales) o especiales (es decir, de índole económica, industrial, comercial y educacional), fuentes nominativas (muchas veces manipuladas de forma agregada) elaboradas en la sociedad de partida (libros parroquiales, registros de ausentes, notariales y de embarque) y en o por la Argentina, como las planillas originales de los censos, las de hechos vitales (actas de casamientos, nacimientos y defunciones), los partes consulares, listas de desembarco, legajos de la policía, registros de las asociaciones políticas, mutualistas, culturales y deportivas, los listados del personal de fábricas o comercios y, por supuesto, las generadas por las propias asociaciones étnicas hispanas (registros de socios, libros de actas de asambleas y comisiones directivas, etcétera). Por su parte, entre las cualitativas se incluyen las literarias, las memorias, los diarios y autobiografías, la correspondencia y fotografías personales, la prensa nacional, local, étnica y asociativa, y los testimonios orales de los protagonistas del proceso9. Todas han de ser empleadas porque “los múltiples y limitados instrumentos de que dispone el historiador para conocer el pasado no tienen por qué contraponerse” (Devoto, 2003: 12), y porque sólo la combinación del análisis cuantitativo y cualitativo permite evitar las conclusiones parciales (o erróneas) que pueden derivar del hecho de apoyarse en un único tipo de documentos como, por ejemplo, las que derivan de centrarse en los segmentos más estables (o “estáticos”) del grupo inmigrante. De tal modo, y aún con las limitaciones comentadas, la utilización combinada de este amplio universo hizo posible la individualización de las zonas emisoras, la estimación del volumen y la cronología de la presencia galaica, esbozar sus niveles de alfabetización, y determinar su grado de integración a partir de sus pautas residenciales, estructura socioprofesional, conducta matrimonial y participación en ámbitos asociativos étnicos y no étnicos (mutual, comercial, religioso, deportivo, políticos, sindicales o culturales), y, en general, en las dinámicas sociales y cotidianas de la sociedad de acogida.

Por otra parte, a fin de “devolver” a los protagonistas del proceso el margen de decisión que en definitiva siempre conservaron, el enfoque estadístico y cuantitativo debió emplearse en combinación con otras fuentes de tipo cualitativo. Los indicadores cuantificables y comparables sólo indirectamente “hablan” de los comportamientos y las opciones de las personas, y las ventajas de las fuentes cuantitativas se diluyen en parte cuándo, por ejemplo, nos interrogamos sobre qué debe deducirse de la elección de un cónyuge, del lugar donde vivir o del hecho de inscribirse en una u otra institución voluntaria. De allí que si lo que pretendemos es mostrar cómo la estructura social condiciona los recorridos sociales, la adecuada visibilización del peso de las variables interaccionales (información, capital relacional, etc.) constituye un aspecto central de la investigación. A menudo los estudios sobre redes no llegan a romper el corsé estadístico, cayendo en un uso tautológico del concepto de red y postergando la necesaria reinterpretación –desde el mundo concreto de los migrantes– de los indicadores cuantitativos obtenidos a partir de otras fuentes. Sin duda, siempre resultará más sencillo postular la existencia de una red que comprobarla. Empero, es posible pensar en la complementariedad entre las fuentes nominativas generadas en la sociedad de partida y otras del mismo tipo de la de acogida, como demuestran los modélicos trabajos de Moya (2004) para Buenos Aires o María Liliana Da Orden (2005) para Mar del Plata. Consecuentemente, el desafío es integrar la dimensión relacional con los factores estructurales.

Desde luego, difícilmente pueden conocerse las motivaciones últimas de la emigración, los mecanismos de adaptación sociocultural y laboral de los inmigrantes, o las fases y pautas de modificación de su identidad, a partir del uso exclusivo de fuentes seriales. La necesidad de abordar estos aspectos condujo a la utilización de otras de tipo cualitativo (epistolarios, memorias, autobiografías, fotografías y fuentes orales), fundamentales para hacer historia de experiencias como las migraciones y exilios, explorando la subjetividad, conocimientos, sentimientos, fantasías, deseos y sueños de los individuos, la familia y la comunidad. Todas son susceptibles de iluminar la capacidad de decisión y el margen de elección de los actores del proceso, así como otras dimensiones psico-sociales de vital importancia para una comprensión cabal de las migraciones, evitando así que queden bloqueadas por el uso excesivo de las estrategias cuantitativistas. No obstante, los trabajos centrados en la experiencia de los protagonistas y la utilización de fuentes personales se hallan exentos de riesgos. Las fuentes orales, en particular, resultan muy útiles cuando se emplean de manera complementaria a otras de distinta naturaleza, y acompañadas del conocimiento y contextualización de las estructuras socioeconómicas contemporáneas, y de la relación de la misma con la categoría de la experiencia. Ello permite profundizar, por ejemplo, en el funcionamiento de las redes microsociales, los mecanismos de transmisión de la información en el nivel microsocial, los procesos de construcción de la memoria, representaciones e imaginarios colectivos de los migrantes, etc., como han demostrado algunos trabajos de excelente factura (Núñez Seixas y Soutelo Vázquez, 2005; Da Orden, 2010). Pero también pueden ser decepcionantes cuando se emplean con exclusividad y/o de manera acrítica, lo que suele conducir a la reiteración de lugares comunes.

Como vimos, los procesos migratorios, con su convivencia y conflicto de diversas colectividades inmigrantes (tanto entre sí como en relación con la sociedad receptora), constituyen un terreno fértil para indagar sobre las imágenes colectivas forjadas a propósito de los gallegos, y las que éstos crearon en relación a la sociedad de acogida. En dicha tarea, fueron de suma utilidad la literatura, la prensa, teatro, radio, gráfica, las memorias, biografías y autobiografías. En cuanto a su participación política en su sociedad de partida, en los trabajos de corte más histórico se privilegió el uso de fuentes impresas periódicas o bibliografía primaria; para los referidos a períodos más recientes, en cambio, se echó mano sobre todo a entrevistas, encuestas electrónicas y/o presenciales, así como también a los sitios web o redes sociales virtuales de instituciones estatales españolas, y de las asociaciones de emigrantes o colectivos constituidos específicamente en relación a la lucha por obtener (o conservar) el sufragio para los emigrantes y sus descendientes.

Pasando a la “agenda pendiente”, y sin menoscabo de los notables avances alcanzados, persisten algunas limitaciones o lagunas. Las mismas pueden resumirse en: a) el marcado “porteñocentrismo” de la mayor parte de las investigaciones, que en ocasiones deriva en una proyección acrítica de las características de la colonia gallega en Buenos Aires al resto de la comunidad en el país; b) el predominio todavía abrumador de los estudios cronológicamente limitados a la época de la inmigración masiva por sobre los que abordan las migraciones tardocoloniales, tempranas o la segunda posguerra mundial; c) la carencia de estudios generales sobre la presencia galaica en el país de base empírica cuantitativa y suficientemente representativa, y de adecuadas comparaciones y balances entre las investigaciones existentes (por lo general de alcance regional o micro), que permitan obtener una sólida mirada de conjunto.

De ellas, a su vez, se desprenden varias necesidades. En primer lugar, de nuevos estudios con base empírica suficientemente representativa de los diferentes aspectos de las migraciones gallegas (proporción dentro del total hispano, focos emisores, cronologías, composición sexual y etaria de los flujos, etc.), y su integración (patrones de asentamiento, inserción socioprofesional, conducta matrimonial, participación en asociaciones voluntarias, etc.) en otros puntos de la Argentina fuera de su capital. Ello, a su vez, implica la necesidad de combinar los estudios de caso existentes en una razonablemente consistente y equilibrada mirada global10.

Segundo, una mayor atención al período de la segunda posguerra mundial, tanto más acuciante a medida que se agota el ciclo biológico de los migrantes de primera generación y, consecuentemente, se pierden definitivamente las experiencias vitales que no fueron debidamente registradas.

Tercero, y ligado a lo anterior, es necesario ahondar en la definitiva superación de la “barrera invisible” que hasta no hace mucho dividía a los especialistas del exilio republicano español de quienes se ocupaban de las migraciones y su correlato, entre los enfoques más centrados en la historia social y política, las perspectivas de análisis sociológico y antropológico, o las aproximaciones que abordan principalmente la producción literaria sobre el exilio, privilegiando el estudio de la opinión publicada y de las minorías de exiliados (intelectuales, artistas y otros profesionales) que ligaron sus nombres a diversas expresiones actividades creativas, y/o la descripción (y a veces el análisis) de las actividades políticas de aquellos comprometidos con sus partidos y organizaciones. Sin ignorar sus especificidades, es necesario indagar la interconexión entre ambos fenómenos, las relaciones e interacciones entre migrantes económicos y exiliados políticos, y la existencia entre éstos de perfiles socioprofesionales tendencialmente más parecidos a los de los migrantes económicos anteriores a 1936 (Núñez Seixas y Farías, 2009).

Cuarto, el asociacionismo étnico continúa siendo un tema relevante, en particular el mucho menos conocido de la segunda posguerra. Sin embargo, ni la documentación generada por las instituciones gallegas puede ser objeto de una atención exclusivamente relacionada con la sociabilidad formal del grupo, ni se trata de acumular de manera acrítica estudios de caso de rendimientos decrecientes que, por desgracia, a menudo corroboran la lamentable sentencia de “saber más para saber lo mismo”. Es necesario abordar sus dinámicas en relación con la cambiante realidad gallega, española y argentina, las características socieconómicas de sus miembros, el rol de las élites, su ideología y sus fines, los discursos que construyen o reelaboran para ello, sus grupos “de referencia” y “de pertenencia” (Merton, 1995), el desarrollo de la movilización política y social de los migrantes y exiliados, el reemplazo de los viejos dirigentes republicanos por una nueva camada “apolítica”, etc. Por último, debe mantenerse en todo momento la distinción entre los inmigrantes en general y la colectividad, a sabiendas de que los pasajes indiscriminados de la segunda a los primeros constituye una operación riesgosa por demás.

Quinto, y ligado a lo anterior ¿qué sucede con el tema de la identidad (o identidades) del grupo? Si, en tanto comunidad imaginada, la nación es el fruto de imágenes compartidas por un colectivo humano determinado (un imaginario social), la cuestión clave es cómo “medir” el alcance de dichos imaginarios. Si bien resulta sencillo verificar la existencia de los discursos españolistas, galleguistas u otros, suele ser bastante complicado establecer el grado de penetración de esa armazón de ideas, proyectos e imágenes estereotipadas que conforman el discurso patriótico (sea el español, el gallego o el argentino) entre los personajes anónimos que formaban el grueso de la comunidad galaica en la Argentina. ¿Primó en ellos la filiación con España, Galicia, su parroquia o, por el contrario, se integraron en la sociedad receptora hasta el punto de considerarse argentinos? ¿Cómo intuir siquiera si, expuestos también a otros discursos (como el de clase), no se identificaron más como obreros, trabajadores o parte del proletariado que como miembros de un colectivo nacional, regional o étnico determinado? De hecho, más pertinente que la enumeración de los ámbitos y vehículos en dónde y a través de los cuales se expresan dichos discursos y prácticas, sería preguntarse cómo circulan a través de los desniveles sociales, cómo son recibidos y decodificados por sus teóricos receptores. Después de todo, el inmigrante tiene un background, opera en una sociedad llena de elementos nuevos, y en él coexisten “identidades de geometría variable” (Núñez Seixas, 2015). Se trata, en fin, de superar el predominio de las investigaciones centradas en la “emisión” de los discursos de unas élites que usufructúan el patriotismo, poniendo más énfasis en su “recepción”.

Sexto, a partir de la década de 1970, y de la mano de la historia de las mentalidades, los historiadores desplazaron su mirada hacia nuevos horizontes de investigación y comenzaron a ocuparse de temas hasta entonces marginales en la historia social. Así, cuestiones tales como la experiencia migratoria y exiliar (individual y colectiva, y no sólo de adultos sino también de los niños, con una particular problemática –Bjerg, 2012–), las razones de su salida, el viaje, su inserción y trayectoria social en la sociedad de acogida, la vida cotidiana, la situación sociolingüística de la comunidades emigradas en lugares donde impera una lengua distinta de la propia, las formas de religiosidad, los sentimientos y culturas emocionales, la participación política e influencia electoral de los migrantes en sus comunidades de origen, la integración y (por razones obvias, antes de la crisis española iniciada en 2008) el “retorno” de las segundas y terceras generaciones de emigrantes (Schmidt, 2010), etc. La historiografía de las migraciones y exilios gallegos en la Argentina tiene en todos esos temas un vasto campo por explorar, y para ello deberá acudir con mayor asiduidad (e imaginación) a las memorias, autobiografías, biografías y fondos epistolares y fotográficos, etc., fuentes que permitan sacar conclusiones válidas y no meras imágenes impresionistas o descriptivas. Desde luego, buena parte de los ítems de esta agenda (y de las fuentes con las que podría abordárselos), se encuentran directamente relacionados con el “retorno del actor” al primer plano de la Historiografía.

Ello, a su vez, multiplicó el espectro de fuentes y metodologías, pero también la certeza de que las futuras investigaciones deberán combinar el enfoque estadístico y cuantitativo con las fuentes cualitativas, y la escala macro con la micro. De ese modo, y tomando en cuenta la mayor cantidad posible de variables en un ámbito espacial acotado, será posible recuperar la capacidad de decisión y el margen de elección de los actores individuales, sin desdeñar por ello los condicionantes macroestructurales. En síntesis, debemos ser sabiamente eclécticos a la hora de utilizar los elementos propios de las diferentes tradiciones historiográficas, los estudios migratorios existentes, y las teorías que las sustentan. Después de todo, “más allá de la diferencia de perspectivas, los progresos se miden en el terreno de la evidencia empírica presentada” (Devoto y Otero, 2003: 182).

Por último, aunque el enfoque de red social ha demostrado ventajas conceptuales y metodológicas para comprender los procesos sociales a través de los cuales la información pasa y se difunde y la acción social misma, la perduración de la cohesión del grupo en la nueva sociedad no debe transformarse en una obsesión que conduzca a expulsar del marco todo lo que entre en contradicción con el argumento precedente. En función de ello, es necesario interpelarnos siempre sobre la participación de los migrantes en la realidad política, económica, cultural, etc. de la sociedad de acogida.

 

Notas

1 Sobre los rasgos generales del país, su Historia, características y consecuencias socioeconómicas de la emigración ultramarina, vid. Villares (2016), Freixanes et al (2001), Vázquez González (2015) y Villares, Fernández (1996).

2 Las cifras y porcentajes provienen de Villares, Fernández (1996), Moya (2004), Fernández, Moya (1999), Núñez Seixas (2007) y Vázquez González (2011). Sobre el concepto de “grupo étnico”, vid. Barth (1976).

3 La bibliografía sobre estos temas es amplísima, por lo que (del mismo modo que en relación a la dedicada específicamente a la presencia gallega en la Argentina o América) nos limitaremos a mencionar sólo algunos de las investigaciones realizadas. Vid., por ejemplo, los textos reunidos en Clementi (1991), Vives, Vega, Oyamburu (1992), Fernández, Moya (1999); De Cristóforis, Fernández (2008), García Sebastiani (2011), así como los de Sánchez Alonso (1992, 1995), Palazón Ferrando (1995), Duarte (1998), Moya (2004), De Zuleta (1999), Schwarzstein (2001), Da Orden (2005), Pérez (2010), Ortuño Martínez (2010), Devoto (2003), Biernat (2007), Díaz Regañón-Labajo (2010), Fernández Vicente (2011) y Figallo Lascano (2014).

4 El microanálisis se centra en dos cuestiones fundamentales: por una parte la información, es decir el conocimiento de las oportunidades laborales, que no está homogéneamente disponible para todos y que también puede tener costos, lo que explicaría las tasas diferenciales de emigración de distintas naciones, regiones o aldeas entre sí; por otra, la asistencia (ayuda para emigrar y conseguir empleo). Sobre las nociones demográficas de flujo y stock, vid. Otero (1990, 1992), Devoto (2003: 330-3).

5 A la altura del Centenario, la capital argentina albergaba aproximadamente unos 150.000 gallegos, el 50 % de la colonia hispana y el 8-10 % de la población total de la ciudad, una proporción que en el vecino municipio de Avellaneda se elevaba al 68-75 % de los españoles y el 13-15 % de sus habitantes.

6 Según el censo de población de 1960, ese año residían en el país 715.685 españoles (3,6 % de la población total), el 34 % de ellos en la Capital Federal y otro 30 % en municipios del Gran Buenos Aires. Suponiendo que la mitad había nacido en Galicia, puede estimarse en 357.000 el número de gallegos.

7 Baste con señalar que en la Argentina fueron escritos y/o publicados por vez primera obras fundamentales para la historia del pensamiento y la literatura gallega como Sempre en Galiza (Castelao), A esmorga (Eduardo Blanco Amor) o Memorias dun neno labrego (Xosé Neira Vilas). Probablemente, nadie encarne mejor la poderosa relación entre las culturas de ambas orillas del océano que Luís Seoane, polifacético y genial, a la vez gallego, argentino y universal.

8 Sobre de dicha fuente, excepcional para el estudio de algunas de las características esenciales de las diferentes corrientes inmigratorias hispanas en la Argentina, y de sus indicadores básicos de integración en el país, vid. Farías (2010d).

9 Sobre la disponibilidad y posibilidades de las fuentes, vid. Schwarzstein (1991); AA.VV. (1996); Núñez Seixas, Soutelo Vázquez (2005: 28-43); Núñez Seixas Núñez Seixas, González Lopo (2011); Núñez Seixas, Farías (2010); (Farías, 2010d, 2016b).

10 Por desgracia, a la fecha no existe (o se encuentra fuera del alcance de los investigadores) una fuente idónea para confeccionar bases de datos amplias y representativas, lo que entraña también un obstáculo a la hora de ejecutar una síntesis adecuada de los numerosos estudios regionales o micro realizados. Y a ello se suma la problemática distinción entre “migrantes económicos” y “migrantes políticos” en el período de la segunda posguerra, aunque teóricamente esto podría subsanarse a través de un concienzudo análisis prosopográfico, que iluminara la presencia de una gran cantidad de personas que caben dentro de una caracterización amplia del concepto de exiliado (Núñez Seixas, 2006).



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