Olivar, vol. 17, nº 25, e004, junio 2016. ISSN 1852-4478
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

 

ARTÍCULOS / ARTICLES



Viajeros argentinos en los años 30: Gustavo del Río y Roberto Arlt cuentan Galicia


Andrea Cobas Carral

Universidad de Buenos Aires
Argentina


Cita sugerida: Cobas Carral, Andrea (2016). Viajeros argentinos en los años 30: Gustavo del Río y Roberto Arlt cuentan Galicia. En M. R. Lojo (ed.), Galicia en la Argentina: una identidad transatlántica. Olivar, 17 (25), e004. Recuperado de http://www.olivar.fahce.unlp.edu.ar/article/view/OLIe004


Resumen
Un argentino en Galicia. Crónicas de la aldea (1934), de Gustavo del Río y Aguafuertes gallegas (1935), de Roberto Arlt proponen diversas operaciones de escritura para afirmar, poner en tensión o reformular diversas representaciones vigentes en la Argentina de los años ’30 acerca de Galicia y los gallegos. Desde puntos de vista y estrategias narrativas muy distintas, los textos de Del Río y de Arlt exhiben por su contraste entre el “costumbrismo” y la “crítica social” las zonas de representación que contribuyeron a delinear persistentes figuraciones y estereotipos de los gallegos en el imaginario argentino.

Palabras clave: Roberto Arlt; Gustavo del Río; Galicia; Viajeros; Estereotipos


Abstract
This article explores the way Un argentino en Galicia. Crónicas de la aldea (1934) by Gustavo del Río and Aguafuertes gallegas (1935) by Roberto Arlt propose different literary procedures to affirm or reformulate various existing representations in Argentina about Galicia and Galicians. From different points of view and narrative strategies, the two travel books display figurations that contribute to delineate stereotypes of Galicians in the Argentine cultural imaginary.

Keywords: Roberto Arlt; Gustavo del Río; Galicia; Travel literature; Stereotypes



En tanto experiencia formadora de discursos, el viaje se encuentra ligado en diversas articulaciones con la constitución del imaginario argentino. Componiendo una relación de ida y vuelta entre desplazamientos y escrituras, en el siglo XIX, los relatos de los viajeros ingleses sobre América operan como matriz modeladora de una visión de país que la “generación del 37” rediseña para constituir la naciente “literatura nacional argentina” (Prieto, 1996: 13). Asimismo, el viaje a Europa –y, en menor medida, a Estados Unidos- es para los integrantes de la élite política y cultural argentina decimonónica una rutina que encarna distintos objetivos políticos, económicos y formativos: del “viaje colonial” al “viaje estético” en cada escritura se movilizan intencionalidades específicas para vincular lo local y lo europeo en una idea de nación. (Viñas, 1995)1

Si el viaje a Europa encuentra en la “capital del siglo XIX” (Benjamin, 2007: 37) un destino obligado que garantiza la concreción de una experiencia iniciática y casi siempre positiva, el pasaje por España entraña para los latinoamericanos una travesía más compleja que la que supone el encuentro con París: como señala Beatriz Colombi, el pasado colonial emerge en los relatos a partir de la alternancia entre el “ajuste de cuentas” y el “pacto de reconciliación” con España (2004: 106). De este modo, entre la crítica mordaz a la decadencia española que Domingo Faustino Sarmiento formula en sus Viajes (1848) hasta las propuestas que sostienen la vuelta a algún tipo de “hispanismo” enunciadas, por ejemplo, en El alma española (1907) y Cartas de Europa (1908) de Ricardo Rojas y El solar de la raza (1913) de Manuel Gálvez, la dialéctica entre el modelo español y su vertiente argentina puede ser historizada en los vaivenes entre la ruptura con la impronta colonial que encarna España apenas unas décadas después de la Revolución de Mayo y una refiliación con los “valores de la raza” en el clima nacionalista y de marcada xenofobia que se da hacia el Centenario de la Revolución2.

Entre las Memorias (1818) de Fray Servando Teresa de Mier y Las vísperas de España (1937) de Alfonso Reyes, los textos de viajeros latinoamericanos a España suelen excluir el relato de la visita a Galicia. Ni siquiera la extensa tradición jacobea de narraciones europeas sobre el Camino de Santiago es recuperada por los viajeros latinoamericanos del período. La mención a los “gallegos” aparece, en general, como una referencia que se detiene en la narración de la dura vida de los migrantes internos con los que se topan los escritores en Madrid, Barcelona o Sevilla. En ese marco, la publicación en la Buenos Aires de los 30 de Un argentino en Galicia de Gustavo del Río y de la serie de “aguafuertes gallegas” de Roberto Arlt resulta doblemente atípica y significativa en tanto es Galicia, por un lado, una zona de figuración ausente dentro del corpus escrito por viajeros argentinos y latinoamericanos y, por otro, en tanto constituye un lugar inesperado en una cartografía que hacia la década del 30 sitúa a Rusia como destino privilegiado por una parte considerable de los viajeros argentinos3.

En 1934, se publica Un argentino en Galicia. Crónicas de la aldea, relatos de viaje en los que Gustavo del Río narra sus vivencias en un pequeño pueblo de la costa coruñesa. Un año más tarde, Roberto Arlt -como corresponsal del diario El mundo de Buenos Aires- recorre distintas regiones de España, entre ellas, Galicia, viaje que da origen a una serie de aguafuertes que se editan durante 1935. Textos contemporáneos que -desde puntos de vista y estrategias narrativas muy diferentes- devuelven imágenes distintas de Galicia y de su gente: desde la “semibárbara” aldea marinera en la que vive Del Río hasta la imponente “ciudad-sepulcro” que para Arlt es Santiago de Compostela, el paisaje gallego sirve como escenario natural y cultural que les permite a los viajeros afirmar, poner en tensión y reformular las representaciones vigentes en la Argentina de los años 30 acerca de Galicia y de los gallegos. Tensionados entre el “costumbrismo” y la “crítica social”, los textos de Gustavo Del Río y de Roberto Arlt permiten analizar por contraste esas líneas que contribuyeron a trazar figuraciones persistentes sobre los gallegos en el imaginario argentino.


1-De Barrio Norte a Furadiño: periplos de un dandy

Todos escuchan en silencio. Nadie entiende absolutamente nada de lo que se está leyendo pero, o no se atreven a confesarlo, o les es indiferente, o creen que no puede ser de otra manera, habituados, como ya están, a no entender.

Gustavo del Río Un argentino en Galicia (1934: 89)


En su estudio Los libros de Tor, Carlos Abraham indaga las principales estrategias de publicación y de comercialización que impone la editorial Tor en el panorama del incipiente mercado de la literatura de masas en la Argentina de la década del 30. La impresión de libros en ediciones de autor, la publicación de apócrifos escritos por el plantel estable de ghostwriters de la editorial y la traducción de clásicos, novelas de masas y ensayos de divulgación son algunas de las maniobras comerciales que Tor despliega durante sus años de mayor actividad4. En esa coyuntura del campo editorial, se publica bajo el sello de Torrendell el relato Un argentino en Galicia. Crónicas de la aldea del desconocido Gustavo del Río. El pequeño y modesto libro de algo más de doscientas páginas, con papel de calidad mínima, un par de ilustraciones simples y múltiples erratas ingresa en 1934 en el catálogo de Tor en una edición presumiblemente pagada por su autor5.

Un argentino en Galicia -que se encuadra genéricamente en el formato crónica- dice relatar la estadía del autor en una aldea gallega y lo hace componiendo una figura de narrador asimilable con un porteño culto de clase alta que puede, para intentar recuperarse de un surmenage, pasar seis meses ocioso descansando en una perdida aldea de la costa gallega antes de trasladarse por un par de meses a París. Vecina de la inverosímil “Pandeiro”, “Furadiño” -la aldea que es escenario de las aventuras del porteño- parece tan engañosa como el mismo Del Río. Estos rasgos que son una puesta en tensión de las características canónicas del género crónica cobran relevancia en tanto complemento de las estrategias con las que Del Río trabaja las representaciones sociales sobre Galicia y sus habitantes que parecen tan sólo reproducir estereotipos vigentes en el imaginario porteño sobre los emigrantes gallegos sin que el supuesto contacto de seis meses modifique demasiado su percepción. Brutos, inocentones, analfabetos, tercos, leales, estos “buenos salvajes” propensos a la gresca no son muy distintos de la “Cándida” que Niní Marshall compone en 1936 y que -a través de la acción difusora de la radio y del cine- se masifica en la sociedad argentina como el más durable estereotipo de lo gallego y, a la vez, como el más resistido por el conjunto de la colectividad residente en el país justamente por su carácter estigmatizador. De algún modo, Un argentino en Galicia parece tan solo confirmar lo que los argentinos en Argentina ya creen saber sobre los gallegos que pueblan sus ciudades6.

En este sentido, no llama la atención que el texto de Del Río omita cualquier referencia que permita entrever la rica tradición cultural de Galicia y recuperar la historia nacional hacia dentro del Estado español, saberes que harían posible una reflexión más compleja para dotar de sentido eso que el narrador tiene ante sus ojos y que sólo puede ser leído por él en clave cómica o ridiculizante. Para el micromundo de la aldea, sólo aparecen recuperadas algunas “festividades” como el carnaval o la noche de San Juan que, por su carácter popular y profano, funcionan como momentos en los que el narrador puede constituirse como espectador de los habitantes de Furadiño y retratarlos en sus excesos e ingenuidades.

Gustavo del Río compone un relato episódico con el que muestra los rasgos de una sociedad que percibe surcada por el atraso, la ignorancia, la superstición y el ritmo que impone un trabajo brutal del que nadie puede escapar. Con una mirada a medio camino entre la del escritor costumbrista y la del observador realista que incluso –en un exagerado gesto verosimilizador- toma notas taquigráficas para su mejor transcripción del diálogo entre una campesina y su vaca Gallarda (169), el cronista encuentra el tono para narrar las desventuras de la aldea gallega. A través de la construcción de un narrador que empieza por ponerse en ridículo -no bien llega a la aldea resbala y se cae, tiene menos fuerza que la mujer que le lleva el baúl, cree ver cabezas aldeanas que lo reciben con curiosidad, pero solo son vacas y burros que lo miran-, el texto habilita la figuración de un conjunto de “tipos” que componen el ordenamiento de la aldea y que pueden ser expuestos por ese narrador que antes ya se ha expuesto a sí mismo. El cura, la madre soltera, el tendero, el tabernero, el peluquero-dentista, la matrona, el “señorito”, el borracho forman parte de un conjunto previsible de caracteres más o menos homogéneos y sin texturas, que le permiten a Del Río engarzar pequeñas anécdotas, incidentes y sucesos en general humorísticos en los que se ven envueltos los habitantes de Furadiño y que se clausuran siempre reforzando el estereotipo sobre los gallegos.

Quizás el episodio que trama de un modo más evidente esos procedimientos es la narración de una función de Romeo y Julieta a cargo de algo parecido a una compañía itinerante de repertorio que llega a la aldea. A través de la puesta en abismo, el narrador establece una mirada doble: por un lado, la que muestra la representación de Romeo y Julieta que escapa -como es esperable- de toda norma del teatro isabelino y, por otro, la reacción de un público que completa el cuadro y hace devenir la tragedia en comedia. La descripción del elenco compuesto tan solo por un Romeo entrado en carnes y una Julieta inequívocamente embarazada sirve como punto de partida para la narración de un momento de reunión colectiva en la aldea que es la parodia de lo que el lector promedio al que Del Río dirige su texto tiene en la cabeza sobre la obra de Shakespeare y sobre las condiciones estándar para su puesta teatral:

[Romeo] vestía una chaqueta de colores vivos y [...] calzoncillos de punto muy ceñidos. Visto de atrás, resultaba grotesco; de adelante, indecente. [Julieta ...] lucía un vestido de talle corto y amplio, pero fácilmente se advertía lo avanzado de su estado de gravidez y como la barriga parecía más voluminosa de un lado que del otro, dijo Cartujo en voz muy alta “se le ha corrido la carga a estribor” (53).

La intervención “retranqueira” del vecino completa el cuadro y marca el tono que da inicio al episodio. La referencia marítima que cifra el sentido que activa el chiste apela a la experiencia de un público que tiene su vida ligada al mar incluso en ese módico momento de esparcimiento. Y así como la experiencia de lo que se sabe permite entender lo que se ve, por el contrario, la lengua en que se habla funciona como una traba para entender lo que se dice sobre el “escenario”. Sin ningún tipo de voluntad lingüística “reivindicativa”, Del Río muestra la tensión que se juega entre la lengua gallega en que hablan los espectadores de Furadiño y la lengua castellana de la representación:

Y se llegó a la escena del balcón, cuando los amantes discuten si el canto que escuchan es de la alondra, que anuncia la llegada del día, o el ruiseñor, que gorjea en la noche. Barrabás, que seguía atentamente el desarrollo de la escena, creyó del caso ilustrar a los amantes [...] y a todo pulmón exclamó “¡Coño! La lontra no puede ser, porque la lontra no canta” (53).

A continuación, Del Río -siguiendo un procedimiento típico difundido por la literatura regionalista latinoamericana de los 20 para lidiar en la ficción con la diversidad lingüística- incluye una llamada de nota al pie en la que explica para el lector porteño: “La lontra, en gallego, es la nutria”. La intervención de Barrabás hace pensar en el cura castellano de la narración de Fray Sarmiento que autoriza al penitente campesino gallego a “trebellar una hora en días festivos” (1776: 305) o al compungido “hacedor de hornos” de los Contiños da terra de Manuel García Barros que se confiesa alarmado por “fornicar” (1931: 61), ejemplos que, más allá del evidente efecto cómico que provocan, se fundan en una crítica que alude al conflicto lingüístico que supuso la dominación castellana en Galicia, crítica por completo ausente en el texto de Del Río donde el equívoco sólo funciona en tanto revés paródico para rematar el episodio narrado. La nota al pie en la que se traduce obliga al lector a desviar la mirada y a poner su atención más allá del cuadro central que el texto narra y es en ese tercer nivel que constituye el paratexto donde se refuerza lo grotesco de la escena y se clausura su sentido general para un lector que se sale del plano y comparte ciertas competencias culturales con el narrador que mira -y relata- divertido.

Como en ese caso, en otros momentos de Un argentino en Galicia, la nota al pie y la explicación entre paréntesis son las estrategias privilegiadas para traducir la lengua gallega, esa lengua sobre la que el narrador sostiene:

Si los gallegos hablan un idioma propio o simplemente un dialecto es asunto que no voy a considerar. Desde el momento que ellos han considerado que sea idioma y han decidido oficializarlo, yo lo llamaré así. [En Furadiño ...] ninguno habla gallego sino una mezcla de castellano, gallego y algunos americanismos [...] Todas las palabras que tienen j o g en su sonido fuerte, las pronuncian con el sonido suave de la g o viceversa [...] mi nombre lo pronuncian Justavo, que la mayor parte deforma aún más diciéndome Justado, sin contar los que me llaman Ajustado. (16-17)

El viaje de Gustavo del Río es contemporáneo al proceso de discusión por la Autonomía de Galicia que atraviesa diversas fases durante la primera mitad de la década hasta culminar en el referendo de 1936 que legitima el proyecto de Estatuto, proceso que se trunca a causa de la Guerra civil. Como en el caso de las tradiciones cultural e histórica de Galicia, también Del Río minimiza la referencia a ese proceso político y recupera la especificidad de la lengua gallega tan solo para proponer un efecto risible al reducirla a un conjunto de diminutivos y de confusos balbuceos. La inserción de la lengua gallega deriva casi siempre en la puesta en texto de un juego de palabras en el que se aumenta para el lector porteño el efecto cómico a través del doble sentido: “Me han dado un ungüento para ponerme todas las noches en los güejos” (57), “No le cuidaba el horto” (75), “Lo único que quieren es que me muera pronto para comer mi herda” (158) son ejemplos que muestran la progresión de una técnica de construcción de sentidos a la que el lector se va acostumbrando. Con el correr de las páginas, la nota al pie, la parentética y el entrecomillado son desplazados como estrategias y sustituidos por la reformulación que el narrador integra en su relato naturalizando así una oralidad que pretende mimética y que se agota en una supuesta reproductividad que resigna su potencial crítico.

En Un argentino en Galicia, se describen algunos espacios que funcionan como lugares de socialización entre los hombres y las mujeres de la aldea, espacios en los que el narrador se sitúa como un observador calificado que -casi siempre desde el margen- mira, evalúa y relata. Uno de eso sitios es la taberna, mezcla de almacén, cantina y club de barrio, en el que los hombres de Furadiño se ponen al día en materia de política nacional e internacional: “Sin tomar parte en sus conversaciones […] me interesa oír a aquellos hombres la mayor parte de los cuales –por no decir todos- no ha tenido nunca un libro en sus manos” (85)7. El relato –que se inicia con una concesión aparente en la que el narrador alaba el sentido común de esos analfabetos funcionales que lo rodean- continúa con una escena de lectura en la que un titubeante parroquiano lee en voz alta un periódico a los aldeanos que se congregan a su alrededor:

La otra noche Candelero leyó un artículo […] Era una correspondencia enviada desde París, llena de palabras francesas. Es de imaginar cómo la leería […] Cada dos o tres renglones se saltea uno o dos; cuando las palabras son muy largas, las abrevia suprimiéndoles sílabas y, como todos aquí, pronuncia la “g” como “j” y la “j” como “g”. Aquello es el caos. Todos escuchan en silencio. (89)

El silencio no sugiere el respeto casi ceremonial asociado con una clase de ejercicio comunitario como el que se refiere, por el contrario, el silencio ante esa voz que lee vacilante encubre más bien un vacío que para Del Río paradójicamente exhibe y condensa la imposibilidad de entender, el hábito de no saber y la indiferencia de esos hombres ante lo que les es dicho. La voz de Candelero lejos de iluminar a su auditorio vuelve manifiesta la opacidad de un discurso –y de una práctica- cuyos sentidos se les resisten8. Desde la posición condescendiente del que mira desde arriba, Gustavo del Río compone un narrador que resalta siempre la ignorancia y el primitivismo en tanto atributos inherentes a la idiosincrasia de Galicia y su gente. En esa línea, no resulta llamativo que en un texto poblado de “tipos” sociales el del maestro de la II República esté ausente9.

Mientras que en las aguafuertes de Roberto Arlt su experiencia de Galicia sólo se completa al confrontarla con su recuerdo positivo de los gallegos de Buenos Aires, en cambio, en Un argentino en Galicia las pocas referencias a la emigración casi siempre entrañan la frustración más rotunda. Entre el gallego que en Buenos Aires es incapaz de matar moscas en el salón de una vieja rica (77) y el que se extravía en un tren en Nueva York el día de su llegada (80), todas las historias disponen la misma secuencia: se emigra, se fracasa y se regresa a Galicia casi inmediatamente. La simpleza de presentar como clave para interpretar la emigración nimiedades del estilo de perderse en un tren, de no saber matar una mosca, de barrer mal un piso trivializa hasta la exasperación la historia toda de la emigración gallega y se imprime en una nueva capa sobre el estereotipo que el relato refuerza una y otra vez en cada página. Cuestiones que se tornan todavía más inconvenientes y ofensivas para la diáspora en tanto el libro de Gustavo del Río se publica en la editorial latinoamericana más popular del momento y circula en la mayor ciudad receptora de emigrantes gallegos de los años 30.

En una estructura prototípica de cierre, el relato del viaje se clausura con la imagen del narrador que, desde la cubierta del barco que lo trae de regreso a Buenos Aires, contempla las costas de Galicia mientras intenta adivinar los contornos de Furadiño:

De pronto, a mi lado, un imbécil, de los que tanto abundan en los viajes transatlánticos, queriendo mostrar su ingenio, inicia un comentario burlesco respecto de Galicia. Yo lo interrumpo, casi con violencia. El idiota me mira, sorprendido y se calla. (204)

El gesto conciliador con el que el Gustavo del Río busca cerrar su texto no logra erosionar la representación sobre los gallegos que, con paciencia y sin pausa, trama en las doscientas páginas precedentes. El gesto tan sólo modula otra vuelta de tuerca para esa mirada de superioridad que se permite, incluso, una última puntada de súbita compasión.


2- Brumosa Galicia. De la Torre de Hércules a la Torre de los Ingleses

Pero los que viajan por Europa necesitan hacernos saber a nosotros los argentinos que quedamos aquí, la impresión maravillosa que les produjo los acueductos y las ruinas de las que solo quedan unos escombros con los que se podría fabricar pedregullo sin que por ello nada perdiera el arte ni la humanidad. A ese modo de gansear lo llaman hacer poesía.

Roberto Arlt “Argentinos en Europa” (1928: 74)


Si Gustavo del Río se acomoda al registro retrospectivo que hace el viajero burgués al recuperar a través de la escritura su experiencia diletante como rasgo casi obligado por el protocolo del viaje, por el contrario, la escritura del profesional Roberto Arlt precede al viaje en tanto objetivo y se constituye en punto de partida del cronista que se traslada para recorrer, ver y contar a sus lectores lo que percibe y piensa durante su viaje por distintas regiones de España.

“Galicia emociona como un dulcísimo llanto” (46) escribe Roberto Arlt en una de las primeras aguafuertes gallegas que publica en el diario El mundo durante 193510. En un trayecto que incluye Vigo, Pontevedra, Santiago de Compostela, Betanzos y A Coruña, Arlt se focaliza en tres elementos que reconfigura y retoma en las sucesivas aguafuertes: paisaje, trabajo y piedra adquieren atributos diferenciales en cada ciudad. Al inicio de su viaje Roberto Arlt queda por completo impactado por el paisaje -a la vez imponente y misterioso- que tiene ante sus ojos y en el que intenta fundar el carácter de los gallegos. Ese modo de acercamiento a la cultura que tiene ante sus ojos se va transformando con el correr de los días: en la medida en que Arlt viaja por Galicia, su percepción se vuelve más compleja y sus aguafuertes permiten entrever matices en la descripción de una tierra que deja de ser solo una postal para sumar otros sentidos. Como señalan Fernando Aliata y Graciela Silvestri (1994: 13), el paisaje se define como una representación estética de la naturaleza, como un territorio no tocado por el hombre y que solo es posible en tanto existe un sujeto que está allí para contemplarlo. Esa tensión entre la exterioridad de lo que se ve y la interioridad de quien mira puede percibirse en la emoción contradictoria que a Arlt le provoca el contacto con esa Galicia que es “dulcísimo llanto”. Pero Roberto Arlt prontamente percibe otros elementos y el puro paisaje deviene “medio ambiente”, es decir, la naturaleza aparece atravesada por prácticas, básicamente económicas, que tienen consecuencias sociales y políticas11. Al alejarse de una concepción más o menos romántica del paisaje, Arlt descubre a los actores que se desarrollan sobre ese suelo y, de inmediato, irrumpe el recuerdo de los emigrantes gallegos en Buenos Aires que son siempre la vara que le sirve, por un lado, para interpretar lo que ve y, por otro, para construir un “nosotros” que incluye a los porteños a quienes destina sus aguafuertes.

A través del ensamble de comparaciones que despliega en tanto principio constitutivo de sus textos, Roberto Arlt construye sentido. Ya en “Vigo, ciudad” -la primera aguafuerte- las formas de la analogía habilitan la composición de un orden discursivo que contrasta estructuras, espacios y representaciones sociales: aquí los gallegos de Galicia, allí los gallegos de Buenos Aires; aquí los gallegos trabajadores, limpios, serios, con inquietudes artísticas, allí los andaluces como su cara opuesta; aquí los gallegos muy distintos de aquellos que el estereotipo moldea allí en Buenos Aires (41-44). El procedimiento se continúa en la siguiente aguafuerte -“A lo largo del Miño”- en la que Arlt monta su narración en el contrapunto entre observación e imaginación: lo que ve en Galicia, su recuerdo de los gallegos de Buenos Aires y la imaginación de lo que los emigrados sienten al recordar eso que él está viendo son los tres planos que intervienen en la descripción y que terminan por plasmar en el texto una modesta especulación sobre la “morriña”: “¡Cómo se les debe apretar el corazón cuando recuerdan a su Galicia!” (45)12.

Si en Del Río el estereotipo se impone como un criterio embrutecedor, en Arlt, en cambio, se cae a pedazos y se revierte proyectándose sobre el lector porteño:

El gallego trabaja en piedra. No en ladrillo. No en madera: piedra. [...] Esto no es un juguete [...] El panorama es idílico, pero cuando el hombre se abandona a él, el monstruo muestra la cara [...] Nosotros no valoramos al gallego por una subconsciente razón de envidia. En las tierras donde nosotros continuamos siendo pobres, él se enriquece. Si nosotros, los argentinos, tuviéramos que emigrar a Galicia a ganarnos la vida, moriríamos de hambre. Y erróneamente definimos como estolidez lo que es temperamento de hombre de acción. (67-68)

El trabajo y la riqueza como temas que obsesionan a ese hijo de emigrantes pobres que es Roberto Arlt no pueden más que surgir en su viaje a Galicia. Si Del Río se presenta ante sus lectores como un dandy sin preocupaciones que derrocha su tiempo -y su dinero- descansando en Galicia, en Arlt ningún gasto es posible. En el contexto de la incipiente profesionalización del escritor que se da en Argentina durante los años 20, Arlt escribe asediado por el hambre, la escasez de tiempo y las muchas obligaciones periodísticas que lo apartan del ejercicio de la literatura. Para él, entonces, el viaje a España conlleva, en términos simbólicos, la concreción de una experiencia iniciática y, en términos materiales, la posibilidad cierta de aumentar sus escasos ingresos13. El contacto con la dura realidad gallega funciona como un boomerang que vuelve a situarlo en Buenos Aires como en un juego de espejos:

Y aunque quiero deshacerme del recuerdo de los gallegos de Buenos Aires, no puedo [...] Me siento gallego, pero gallego no en España sino en Buenos Aires, dependiente de almacén, peoncito de panadería o gran señor comerciante. (46-47)

“En Galiza non se pide nada. Emígrase” afirma el epígrafe de un dibujo que Alfonso Rodríguez Castelao incluye en su Álbum nós de 1931 y que Roberto Arlt parece remedar en su aguafuerte “El gallego como trabajador del mar” al examinar las razones que expulsan a los hombres de su tierra: “Filosóficamente musculoso, el gallego no tolera la miseria, antes de estirar la mano limosneando se expatria. Y éste es el aspecto más noble de su dignidad, que quizá nosotros no hemos sabido comprender” (52). Si en Un argentino en Galicia la historia de la emigración es un infinito entramado de desilusiones, en las Aguafuertes gallegas esa experiencia -que siempre se funda en el trabajo como eje y potencia- se recupera en su perspectiva más positiva. Por un lado, Arlt resalta las virtudes y el tesón de los gallegos que trabajan y progresan en Buenos Aires y, por otro, va un paso más allá y dedica su texto “Los benefactores de Galicia” a indagar las obras de carácter comunitario edificadas en las aldeas con el dinero proveniente de emigrados en América Latina. La extensa colaboración de los “indianos” para la creación de bibliotecas, escuelas, hospitales y asilos muestra el perfil triunfante de una emigración que no corta sus lazos con la tierra de origen sino que, a pesar de todo, intenta contribuir con el mejoramiento de aquella realidad de miseria que dejó atrás al expatriarse.

El trabajo que observa en Galicia conmueve a Arlt no sólo por su dureza sino también por la actividad que desarrolla la mujer en todos los órdenes laborales desde las tareas de labranza y el manejo de los productos de la pesca hasta su desarrollo como obreras en diversas ramas de la industria. Entre las jóvenes educadas y “modernas” que se divierten en las ciudades y las trabajadoras que encuentra en cada rincón, Arlt se deja llevar por el influjo de esas mujeres que lo sorprenden, lo fascinan y lo excitan:

Todas estas operarias llevan pañuelo ceñido a la cabeza y medias de seda artificial […] resulta sumamente llamativo para el espectador de un trabajo tan sucio y penoso, semejante exteriorización de coquetería femenina […] Son cordiales, me imponen un tremendo respeto con el cuchillo pequeño y triangular que no se les cae de las manos. Pienso que en huelga, estas mujeres deben ofrecer un espectáculo maravilloso y terrible. (59-61)14

El encuentro con esas mujeres –muchas de ellas “viúvas de vivos” que cargan sobre sus espaldas la suma de las responsabilidades del trabajo y del hogar- significa para Roberto Arlt el hallazgo de una fuerza social que el paisaje de ensueño no le permitía entrever. La función de la mujer en la economía gallega se agrega a las particularidades ya descriptas por Arlt que le permiten quebrar las representaciones sobre lo gallego transmitidas por la literatura. Ya en 1928 Arlt toma distancia de las “gansadas” poéticas que componen los escritores argentinos que viajan a Europa para después poetizar “acueductos” y “ruinas”. Siete años más tarde, la crítica se orienta en igual dirección a través de dos articulaciones complementarias. Por un lado, Arlt expone el carácter arbitrario de la figuración que Ramón del Valle Inclán propone en su literatura en tanto tergiversa una “realidad” que se muestra muy distinta ante sus ojos:

nos ha transmitido de Galicia un paisaje grotesco, con personas y atmósfera de leyenda y milagrería, tan despojado de realidad y tan abundante de chocarrería tabernaria, que uno aquí […] no puede menos que preguntarse a qué Galicia se refiere. (85)

Por otro lado, desde su propia escritura erosiona, en primer lugar, los presupuestos sobre lo gallego que dan espesor a las producciones más estigmatizantes del período y, en segundo lugar, sustrae sus textos de la loa a la “antigualla” al recorrer otras tradiciones dentro del panorama de la cultura y la historia gallegas.

Si en Un argentino en Galicia Gustavo del Río ignora por completo la tradición cultural e histórica de Galicia, en las aguafuertes se presentan tradiciones en pugna que Arlt alternativamente descarta, resignifica y resalta. Por un lado, las referencias a las tradiciones romana, medieval y católica son puestas en segundo plano para ser desechadas por obsoletas, por solemnes, por muertas. La ciudad antigua –que desentona con la moderna en tanto entraña otras prácticas del hacer y del habitar- está horadada por monasterios, torres y catedrales que imponen ese opresivo dominio de la piedra que para Arlt prevalece en una parte de Galicia. Las aguafuertes dedicadas a Compostela son un buen ejemplo para acercarnos a un tipo de construcción de sentido que se repite en otros tramos:

Galicia la bucólica se borra en los extramuros pétreos de Santiago de Compostela. La violenta presencia de la ciudad medieval es tan intensa [...que] se gira la cabeza, con medrosidad, como si el mundo acabara aquí, en este confinamiento granítico [...] Soledad. Soledad de muerte, de despoblamiento, de tedio, de penitencia. Digo que Santiago de Compostela enfría el corazón. (74)

Y en otra de las aguafuertes Arlt intensifica la línea de presentación de la ciudad de Santiago de Compostela como un enorme memento mori que deprime al caminante que recorre sus calles de piedra sin encontrar el esperable regocijo espiritual de la “ciudad santa” ni el bullicioso movimiento que la vida universitaria debería imponer sobre el entramado urbano:

Fortaleza de la desesperación. Ausencia de alegría. Anticipo de invierno. Callejuela de la muerte. No se vive en Santiago, se perece. [...] Como un alma en pena se anda por aquí. [...] la noche gris cae sobre la ciudad silenciosa en estrecho crepúsculo de piedra, los ojos giran, buscando un aliciente [...] y siempre, siempre, esta tiesura señorial y tétrica [...] ¿Es posible sustraerse a tamaña incitación a morir? (93-95)

El imponente paisaje gallego que embelesa a Arlt -y que estalla ante sus ojos ocupado por los hombres y mujeres que viven, se divierten y producen en ese espacio- se contrapone con una monumentalidad inerte, medieval y religiosa que Arlt, por los límites que le impone su propia poética, no puede más que denostar. Beatriz Sarlo estudia en La imaginación técnica la presencia de la ciudad en la narrativa de Arlt y concluye en que sus textos proponen siempre una ciudad futura, una ciudad que no se corresponde con la Buenos Aires de los 20 sino con una trama urbana que se concreta más de una década después. En Galicia el influjo del entorno es tan intenso que, aun en la sugerencia de un modo de mirar que recuerda el que aparece en sus novelas, Arlt tan sólo logra una tenue pincelada estéril ante ese contexto agobiante que es puro paisaje o pura piedra15.

Si pensamos las aguafuertes gallegas bajo esta óptica, no parece extraño el profundo rechazo que Arlt siente ante “las antiguallas” con que se cruza en Galicia. El aguafuerte en que relata su visita a la Torre de Hércules es significativa en este sentido. Para el Arlt viajero todo es entusiasmo mientras transita el mismo camino “que los legionarios de Julio César” y se regocija por estar vivo y ellos muertos. La exaltación de la vitalidad se contrapone al aura de muerte que lo impregna todo. Pero la leve alegría que experimenta el contemplador se desvanece ante la visión de la histórica Torre que lo confronta como en Compostela con los gastados protocolos de la emoción viajera y que, por extensión, delimita los contornos de su propia escritura en tensión con la poética de aquellos viajeros que ante la “ruina” versean “gansadas”:

La torre me importa un pepino [...] Pienso en frío que hace veinte siglos, frente a este mismo horizonte y estas mismas colinas que el tiempo no ha podido cambiar, se sentaban los legionarios a jugar a los dados y a robarse mutuamente. Pienso que es reglamentario emocionarse frente a estas ruinas desabridas, pero permanezco indiferente (136)

Entonces si, como señalamos, las referencias a las tradiciones romana, medieval y católica son rechazadas, por otro lado, Arlt recupera la tradición celta, nórdica y profana como genealogía que origina lo más vivo que encuentra en Galicia. El “mito celta” –que surge hacia el XIX, pero que se difunde en los 20 a través de las tesis del nacionalismo gallego- se desempeña como legitimador de una forma de entender la galleguidad a contrapelo de lo que sostiene el lugar común de la época16. En esta línea, interesa la reivindicación que hace Arlt del “Pórtico de la Gloria” –y de su sensual, atormentado y demoníaco creador- en tanto prodigio de piedra que vale porque paradójicamente exuda vida en ese corazón de la muerte que para él es Compostela. En lugar del rechazo de la leyenda jacobea, Arlt relee el Pórtico y lo presenta como la manzana podrida en el seno de la magnificencia catedralicia. Así mina desde sus bases la tradición sobre la que se asienta el recuerdo del imperio medieval de Galicia y ubica un elemento profanador en ese foco del rito católico:

Sermón de piedra, imprevista creación, que espanta por la potencia humana que revela […] El visitante contempla el Pórtico de la Gloria y piensa en el Maestro Mateo, en su laboriosidad infinita, en su genio demoníaco, atormentado, sensual, que en la ciudad de piedra […] sembró la semilla de un árbol de mármol, cuyo fruto invulnerable a los dientes de todos los demonios, es su genio. (93)

Si el recortado mundo de Furadiño le sirve a Del Río para plantear una dinámica social y cultural más o menos fija en su estatismo, la itinerancia arltiana habilita una representación dinámica y contradictoria de Galicia. Entre el paisaje y la monumentalidad, entre la naturaleza campesina y las ciudades, Arlt recorre Galicia y recupera en sus textos la diversidad de una sociedad con matices: ante Vigo donde la gente “es ferozmente honrada” (43) y la ciudad-sepulcro que es Santiago, Arlt elige Betanzos, “una de las ciudades más argentinas de Galicia”. Allí asiste a la fiesta de los “Caneiros” que lo impacta por su puesta en escena y por la desbocada alegría de ceremonia pagana. La narración del paseo por el río entre vinos, flores y globos se desplaza desde el observador que relata en tercera persona hasta el hombre que vive la fiesta integrado como uno más con los “betanceiros”:

Los botes, con sus mesitas rústicas cargadas de vituallas y rodeadas de comensales, se deslizan por el río […] se bebe tan desaforadamente, que de la vuelta sólo guardo este recuerdo. Con medio cuerpo fuera de la barca, voy tendido en la popa, cara al agua que platea un reguero de luna entre montes de tinta china. (126)

En una imagen de bella plasticidad, Arlt alude a la técnica del grabado con la que vincula genéricamente sus textos para concluir la narración de las fiestas de Betanzos. Incluido en la acción ya no como un simple observador, Arlt avanza en las últimas aguafuertes de la serie replicando la relación dialéctica entre Galicia y Argentina que despliega en otros momentos. Si en las primeras aguafuertes Galicia, sus paisajes y sus habitantes cobran espesor sólo en la medida en que pueden ser pensados desde la experiencia porteña de Arlt, en las últimas se revierte el gesto y es la República Argentina la que se proyecta sobre la cotidianeidad gallega hasta fundirse y confundirse con ella en una textualidad que reafirma esa relación de ida y vuelta:

En cada una de estas casas gallegas, la República Argentina no es una noción geográfica, sino un país tan concreto en el conocimiento popular, que son familiares los nombres de las calles, los derroteros de los ómnibus, la numeración de las casas [...] ¿No encontraremos al salir a la calle, en vez del Archivo del Reyno de Galicia, la Torre de los Ingleses? (128)

Si el viaje históricamente se liga con la producción de narrativas modeladoras de la identidad nacional, Un argentino en Galicia de Gustavo del Río y Aguafuertes gallegas de Roberto Arlt pueden ser leídos, respectivamente, como la reafirmación y la ruptura de las representaciones estigmatizadoras sobre los emigrantes gallegos vigentes en el imaginario argentino de las primeras décadas del siglo XX. En la tensión entre la tradición del viajero burgués en la que se inserta Del Río y la del viajero profesional de izquierda a la que se acerca Arlt, los textos también confrontan en las imágenes de lector que subyacen en cada uno de ellos y que pueden rastrearse en la escritura a través de las competencias, los saberes y las ideologías que Del Río y Arlt les atribuyen a aquellos que leen. Entre las pautas genéricas de la crónica y de la aguafuerte está la necesidad de un narrador que se constituye en tanto garante de aquello que observa y transmite en su relato. En este sentido, Del Río es el que va, ve y reafirma en su escritura cada estereotipo, por el contrario, Arlt se autopresenta como el que confronta sus saberes con la experiencia de un contacto que lo habilita para cuestionar y discutir los estereotipos presentándose casi como un mediador cultural entre los lectores porteños y los gallegos de aquí y de allá. En la contradicción entre el costumbrismo más tosco y el ejercicio de una explícita crítica social, las publicaciones masivas y populares de Gustavo del Río y de Roberto Arlt indagan las características esenciales de la emigración gallega en el Río de la Plata: para estos viajeros escribir Galicia es, sin dudas y sobre todo, una forma eficaz de pensar Buenos Aires.

Notas

1 En un ensayo considerado “clásico” de la crítica, David Viñas propone una tipificación de viajes y textos que le permite indagar en el corpus de la literatura argentina las huellas, quiebres y continuidades del “proyecto nacional liberal” caracterizado por su “mirada estrábica”: como una constante desde el romanticismo, los escritores argentinos mantienen una visión bifocal que se reparte entre Europa y la propia patria. El viaje colonial, el viaje utilitario, el viaje balzaciano, el viaje consumidor, el viaje ceremonial y el viaje estético son para Viñas modulaciones en la construcción de ese proyecto literario y político que denomina “oligárquico”. Serán los viajeros de izquierda –que clasifica en tres momentos- quienes, a partir de los primeros años del siglo XX, irán modificando gradualmente esa relación hasta llegar en el filo de 1960 a una posición crítica capaz de invertir la mirada hegemónica sobre Europa y de deconstruir su mito, exponer las operaciones implícitas en su exaltación y mostrar las raíces en las que se funda “una neocolonialidad” que Viñas disputa en tanto integrante de esa generación de intelectuales de izquierda que escriben desde los 60.

2 Además del de Beatriz Colombi, diversos estudios críticos indagan, desde perspectivas diferentes, las complejas y sutiles operaciones discursivas que los viajeros argentinos a España proponen en sus textos. Cfr. en especial los artículos de Sylvia Molloy (1987) y de María Rosa Lojo (2011).

3 Para un estudio sobre los “viajeros de izquierda” que durante el siglo XX se desplazan desde Argentina hacia Rusia, China y Cuba cfr. Sylvia Saítta (2007).

4 La editorial Tor es fundada en 1916 por el emigrante catalán Juan Carlos Torrendell y, hasta su cierre en 1971, publica cerca de 2.000 revistas y 10.000 títulos, producción que la convierte en la más importante de la región durante el período. Tor es la única editorial latinoamericana que cuenta con rotativas en negro y color que permiten tiradas diarias cercanas a los 20.000 ejemplares. La diversidad temática del amplísimo catálogo de Tor se explica por su objetivo central: publicar aquello que puede ser vendido en el mercado interno y exportado con tal rapidez que permita la recuperación del capital invertido. Para una investigación cuidada y rigurosa sobre Tor, sus políticas de edición y sus colecciones cfr. el estudio de Carlos Abraham (2012).

5 Si bien no hay mayores datos sobre la biografía de Gustavo del Río, creemos posible descartar que el texto se trate de una edición apócrifa –posibilidad que, como vemos más adelante, sugiere también el entramado de falsas atribuciones e invenciones presentes en las crónicas- en tanto la identidad de Del Río se encuentra acreditada como autor en el Registro Nacional de la Propiedad Intelectual bajo el número 6.982 tal como consta en el Boletín Oficial de la República Argentina del 26 de octubre de 1934. Por otra parte, si no fuera suficiente con la fecha que ostensiblemente exhibe la tapa del libro, la referencia al B. O. permite precisar la data de edición que erróneamente diversos estudios críticos ubican en 1933.

6 Según distintos trabajos, entre 1911 y 1934, Argentina es el principal país receptor de emigrantes provenientes de Galicia. Para un análisis centrado en el estudio de la población gallega en Buenos Aires durante el período de referencia cfr. Nadia de Cristóforis (2010).

7 Interesa esta referencia que contrasta con lo que Roberto Arlt señala en su aguafuerte “El trabajo de la mujer en el norte” en la que afirma que “el porcentaje de analfabetos entre los gallegos es mínimo” (60).

8 Gustavo del Río no sólo juega con la polisemia en la invención de los toponímicos “Furadiño” y “Pandeiro”, sino también apela a la figura de la ironía en la elección de los nombres propios para algunos de sus personajes. Lo hace, por ejemplo, cuando llama “Candelero” al hosco lector tabernario o “Virginia” a la joven aldeana que aborta (62).

9 “[De una casa] sale una bandada de chicos […] Las mujeres se levantan las polleras; los varones se bajan los pantalones y todos, en cuclillas, se ponen a hacer sus necesidades. En tal posición, me miran, y el primero de la fila me dice ‘Ud. lo pase bien’ […] Y así, uno a uno, me dirigen ese fragante saludo. Yo no sé qué pensar […] no recuerdo haber leído nunca que en alguna parte se estilara, para saludar, bajarse los pantalones o subirse las polleras… y proceder en consecuencia […] Algunos días más tarde pude averiguar que esta actitud de los chicos tenía la siguiente explicación: una de las casas que dan al camino es la escuela. En esta no hay retrete, de modo que los alumnos aprovechan los recreos y la calle para cumplir con su cuerpo” (13-14). Esta es la única mención a la escuela que se hace en Un argentino en Galicia.

10 Entre el 19 de septiembre de 1935 y el 3 de noviembre de 1935, se publican en El mundo de Buenos Aires veintisiete aguafuertes gallegas firmadas por Roberto Arlt. Los textos no son recogidos en libro hasta 1997 cuando aparecen en una descuidada edición de Rodolfo Alonso: sin datación, desordenadas cronológicamente, con algunos errores en la estructura de párrafos, la versión de Alonso –que figura como editor, prologuista y anotador- reproduce veinte aguafuertes que, según indica en la nota introductoria, toma de una compilación hecha “por el fervor de algún paisano” (7) cuya fotocopia le acercan. En 1999, la biógrafa y especialista en Roberto Arlt, Sylvia Saítta publica una nueva versión de las aguafuertes gallegas que edita junto con las asturianas. Esa cuidada edición –datada y ordenada a partir de la fuente original- contiene ocho aguafuertes que no están en la de Alonso. Para este trabajo seguimos la compilación de Saítta.

11 Esta percepción que se insinúa al inicio se explicita promediando la serie cuando –al discutir la interpretación de Miguel de Unamuno que liga temperamento español y paisaje- Arlt afirma que la identidad se moldea a través de la economía de cada región y sus implicancias sobre el trabajo y la organización social. Cfr. “La vida paralizada. Dos españoles distintos: el de América y el de España” en Aguafuertes gallegas y asturianas (2009: 100-103)

12 No sorprende que la comunidad gallega en Buenos Aires reciba con agradecimiento los textos de Roberto Arlt. En su “Prólogo” a las Aguafuertes gallegas y asturianas, Sylvia Saítta reproduce una nota del 6 de junio de 1936 publicada en El mundo que comunica a los lectores que directivos de la asociación “Casa de Galicia” visitan a Arlt para “felicitarlo en nombre de la comunidad gallega residente entre nosotros, por el acierto con que reflejó la vida de Galicia en sus aguafuertes” (2000: 11).

13 Cfr. Sylvia Saítta “Sueño del viaje” en El escritor en el bosque de ladrillos. Una biografía de Roberto Arlt para una precisa descripción de lo que este y otros viajes como corresponsal de El mundo supusieron para la formación y la economía del escritor (2000: 136-171).

14 En la introducción al tomo II de las Obras completas (1998) de Arlt, David Viñas se centra en las aguafuertes gallegas reeditadas un año antes. Sin indagar en las fuentes originales –y desconociendo, por lo tanto, la totalidad de los textos de ese viaje- Viñas formula una hipótesis que se proyecta sobre el corpus general de las aguafuertes. Para Viñas, el contacto con las gallegas tuerce la concepción arltiana respecto de la mujer: “Con la constante exaltación de las mujeres gallegas, en contraposición, una vez más, a sus tradicionales reticencias con que, en otros lugares, trata a la mujer argentina, sobre todo en función de suegras, esposas o novias. Lo que en Galicia, las mujeres se definen por su trabajo […] Insinúa una suerte de descubrimiento de ‘una mujer’ que no se define por su crispación ni por sus controles” (17). Cfr. David Viñas “Las ‘Aguafuertes’ como autobiografismo y colección”.

15 “Habría que volar con dinamita el paisaje. Ni el hedor de la sardina consigue destruir el embrujo. Ni las fábricas cúbicas” (55) y “Por los ábsides de piedra dentados, calados por largos ventanales, entra el sol de Pontevedra. El paralelogramo de cielo azul, es tan vertical, que niega toda esperanza” (81) son ejemplos del procedimiento señalado.

16 A pesar de la presencia del “mito celta”, las aguafuertes gallegas no registran ninguna mención al nacionalismo gallego ni al proceso político que se desarrolla en esos años en torno del Estatuto. En cambio tanto en las aguafuertes andaluzas como en las vascas aparecen referencias a líderes nacionalistas y a los procesos de discusión de la hegemonía castellana hacia dentro de las regiones en una recuperación de la dimensión política que en las gallegas está ausente.

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